miércoles, 29 de julio de 2009

El sacerdote ministerial, un misterio de Dios profundo y hermoso



Cada vez que nos detenemos a pensar en nuestra vocación y en nuestro ministerio, no podemos evitar el asombro, la admiración, el estupor.
Somos un misterio de Dios, profundo, frágil, hermoso, que se hace ofrenda en favor de la gente. Un misterio de cuerpo entregado y de sangre derramada para el perdón de los pecados. Un misterio que bautiza, bendice, intercede, consagra, unge, reconcilia. Un misterio que enseña en su vida el Rostro amado de Jesús y que congrega al pueblo para alabar a Dios y para transformar la historia. Un misterio envuelto en vasos de barro – ya lo sabemos – lo cual lo hace más misterioso todavía.
Somos los anunciadores de la cercanía del Reino que, en nombre del Señor, proponemos el Evangelio y llamamos a conversión. Somos embajadores de la reconciliación que le decimos al pueblo: “déjense reconciliar con Dios”
Somos pastores que acogen, animan, acompañan y que tienen el privilegio de servir con amor preferente a los más pobres.
Es impresionante saber y sentir que hay tantos bienes espirituales y materiales que pasan por nosotros, superando los dones y talentos personales. Tantas veces la gente lo reconoce y lo recuerda… y uno queda sorprendido… ¡ Bendito sea Dios ! Sería torpe apropiarnos de esas alabanzas pero sería miope no reconocerlas.
El Señor nos ha elegido para obrar sus maravillas a través de cada uno de nosotros. Esa ha sido su voluntad. Estas obras ministeriales resultarán más transparentes y eficaces cuanto más las realicemos en comunión con el Obispo y los hermanos en el presbiterio, escapando así de los personalismos que a veces nos distraen.
Pero, sea como sea, tenemos la experiencia de una presencia real del Señor en nosotros que por la ordenación nos ha hecho sacramentos para manifestarse en nuestra vida. Miramos nuestras manos y nos damos cuenta que a la historia grabada en la “línea de la vida” se agrega un don de bendecir que no nos pertenece. Sentimos el latido de nuestro corazón y sabemos que en él se esconden confidencias y amores que sólo al Señor le pertenecen. Y en cada sacramento que celebramos nos alegra y nos confunde saber que somos muy El y muy nosotros. Incluso cuando hablamos o callamos, parece que fuéramos muchedumbre, pues la gente reconoce la palabra de la Iglesia en nuestra voz. Y cuando callamos y debíamos hablar piensan que es la Iglesia la que calla.
Nada de esto lo vivimos sin la Iglesia. Nada de esto lo podemos realizar sin los carismas que el Espíritu reparte generosamente entre los consagrados y el laicado. Nuestro sacerdocio es un misterio muy nuestro que, sin embargo, no nos pertenece: por eso se llama sacerdocio ministerial. Está en función de otros, del servicio. Está destinado a potenciar los dones que otros tienen en la Iglesia. Por esa razón un sacerdote no se puede absolver ni se puede ungir a sí mismo. Necesita a otros para que lo hagan en favor suyo. Incluso cuando excepcionalmente celebramos la Misa sin fieles, lo que es poco aconsejable, lo hacemos con los demás y para los demás, y nunca para nosotros mismos. Sería una apropiación indebida.
Este misterio requiere de mucha donación. Mucho más de lo que espontáneamente estamos dispuestos a ofrecer. El don de sí compite con el deseo de aparecer, de llamar la atención, de reclamar la autoría de nuestras iniciativas. Y, a veces, se nos infiltra una actitud competitiva que olvida bendecir a los hermanos, por lo que son y por lo que hacen. Es una lucha que cada uno vive a su manera. Gracias a Dios el Espíritu se encarga de irnos purificando, desapropiando, desarmando, para que brille cada vez mejor en nosotros la presencia del Señor que nos ha llamado a ser con El, para El y como El.
Al contemplar hoy día la experiencia de Cristo que hemos tenido en nuestra ordenación sacerdotal, démonos un tiempo largo para contemplar también el misterio que somos, con un corazón profundamente agradecido. No dejemos que se infiltre ni el demonio del orgullo ni el demonio de la culpa. ¡ Qué sólo tenga cabida el espíritu de bendición ! Abramos de par en par el corazón a Cristo para acoger la llamada que hoy nos vuelve a reiterar y la gracia del Espíritu que renueva nuestro ministerio. Hagámoslo junto a José y junto María que, en su silencio servicial, paterno y materno, fueron moldeando el corazón de su Hijo, para que en El resplandeciera el sacerdocio del Nuevo Testamento.
P. Cristián Precht Bañados -“El privilegio de anunciar el Evangelio”
¡¡FELIZ DIA A TODOS LOS PARROCOS DEL MUNDO!!

GRACIAS POR SER OTROS CRISTOS PARA TODOS...

1 comentario:

Francisco Javier dijo...

Alicia:

Estupendo escrito. Esa misión debemos de acariciarla como el regalo más hermoso que se nos puede dar. De este modo, la misión de evangelizar se expande a todos los laicos que viven bajo las creencias de un Dios amoroso, fiel y amigo, que está presente en todo y en todos.

Saludos estimada hermana, espero que tenga una bella semana.