miércoles, 23 de agosto de 2017

Rosa de Lima, primera santa de América

(RV).- El 23 de agosto la Iglesia celebra la memoria litúrgica de Santa Rosa de Lima, y también el 30 de agosto en algunos países latinoamericanos como Perú y Argentina, como concesión especial de la Santa Sede.
Bautizada como Isabel Flores de Oliva, en la confirmación que recibió de Santo Toribio de Mogrovejo,  tomó el nombre de Rosa, apelativo que sus familiares empleaban por su belleza y por una visión que tuvo su madre, en la que el rostro de la niña se convirtió en una rosa. Ya desde su infancia se había manifestado en ella una fe llena de determinación femenina. Constantes mortificaciones y sacrificios formaban parte de su preparación cotidiana. Su fe le exigía toda entrega de si, en cuerpo y alma. Pronto destacaría por su abnegación hacia los más desprotegidos y por sus extraordinarios dones místicos.
En la adolescencia, Santa Rosa se sintió atraída por el modelo de la dominica Santa Catalina de Siena. Tras mucha insistencia, los padres le permitieron seguir su vida espiritual. Tomó el hábito de terciaria dominica en la iglesia limeña de Santo Domingo. Y adoptó la denominación religiosa de Rosa de Santa María.
No llegó nunca a entrar en el convento, pero pudo desarrollar toda su santidad dentro de la casa familiar. Se recogía a orar y a hacer penitencia en una pequeña celda construida en el jardín, por la que además pasaban numerosos devotos atraídos por su caridad, el buen consejo y los milagros que se le atribuían.
La tradición cuenta que, en la iglesia de Santo Domingo vio a Jesús, y éste le pidió que fuera su esposa y así se consagró en una ceremonia simbólica. Pocos meses después, Rosita de Santa María cayó gravemente enferma. Murió el 24 de agosto de 1617, tenía 31 años.
El proceso que condujo a la beatificación y canonización de Santa Rosa de Lima empezó casi de inmediato. El Papa Clemente IX la beatificó en 1668, y un año después la declaró patrona de Lima y de Perú. Su sucesor, Clemente X, la canonizó en 1671; un año antes la había declarado además patrona de América, Filipinas y las Indias Orientales. Santa Rosa fue la primera mujer canonizada en América.
Escuchamos a continuación algunos testimonios de los oyentes de la radio del Papa enviados por Whatsapp.
 

El Papa en la catequesis: “Jesucristo la más grande gracia de la vida, el abrazo de Dios que nos espera al final”

(RV).- “Nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas en la parábola de la existencia humana. Ser cristiano implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza… Creemos que en el horizonte del hombre existe un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos deben todavía llegar”, con estas palabras el Papa Francisco reflexionó en la Audiencia General del cuarto miércoles de agosto, sobre la novedad de la esperanza cristiana.
Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma dijo que, “alguno cree que la vida contiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros aún piensan que nuestras alegrías sean sólo ocasionales y pasajeras, y en la vida de los hombres está escrito el sin sentido. Aquellos que ante tantas calamidades dicen: “Pero la vida no tiene sentido. Nuestro camino es sin sentido”. Pero nosotros los cristianos no creemos en esto”.
El cristiano sabe que el Reino de Dios, afirmó el Pontífice, su Señoría de amor está creciendo como un gran campo de trigo, a pesar de que en medio esta la cizaña. Siempre existen problemas, existen las habladurías, existen las guerras, existen las enfermedades… existen los problemas. Pero el trigo crece, y al final el mal será eliminado. El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la más grande gracia de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino.
Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hemos escuchado la Palabra de Dios en el libro del Apocalipsis, y dice así: «Yo hago nuevas todas las cosas» (21,5). La esperanza cristiana se basa en la fe en Dios que siempre crea novedad en la vida del hombre, crea novedad en la historia y crea novedad en el cosmos. Nuestro Dios es el Dios que crea novedad, porque es el Dios de las sorpresas. Novedad y sorpresas.
No es cristiano caminar con la mirada dirigida hacia abajo – como hacen los cerdos: siempre van así – sin levantar los ojos al horizonte. Como si todo nuestro camino se terminara aquí, en la palma de pocos metros de viaje; como si en nuestra vida no existiera ninguna meta y ningún fin, y nosotros estuviéramos obligados a un eterno errar, sin ninguna razón para nuestras tantas fatigas. Esto no es cristiano.
Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial. Esta es imaginada sobre todo como una inmensa carpa, donde Dios acogerá a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Ap 21,3). Y esta es nuestra esperanza. Y ¿Qué cosa hará Dios, cuando finalmente estaremos con Él? Usará una ternura infinita en relación a nosotros, como un padre que acoge a sus hijos que han largamente fatigado y sufrido. Profetiza Juan en el Apocalipsis, profetiza: «Esta es la morada de Dios entre los hombres […] - ¿qué cosa hará Dios? – Él secará todas sus lágrimas, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó […] Yo hago nuevas todas las cosas» (21, 3-5). El Dios de la novedad.
Intenten meditar este pasaje de la Sagrada Escritura no en modo abstracto, sino después de haber leído una crónica de nuestros días, después de haber visto la televisión o la portada de un diario, donde existen tragedias, donde se reportan noticias tristes a las cuales todos corremos el riesgo de acostumbrarnos. Y he saludado a algunos de Barcelona: cuantas noticias tristes de ahí. He saludado a algunos del Congo, y cuantas noticias tristes de allá. Y tantas otras. Sólo para nombrar dos de ustedes, que están aquí. Intenten pensar en los rostros de los niños aterrorizados por la guerra, al llanto de las madres, a los sueños rotos de tantos jóvenes, a las penurias de tantos prófugos que afrontan viajes terribles, y son explotados tantas veces… La vida lamentablemente es también esto. Algunas veces se podría decir que es sobre todo esto.
Puede ser. Pero existe un Padre que llora con nosotros; existe un Padre que llora lágrimas de infinita piedad en relación de sus hijos. Nosotros tenemos un Padre que sabe llorar, que llora con nosotros. Un Padre que nos espera para consolarnos, porque conoce nuestros sufrimientos y ha preparado para nosotros un futuro diferente. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia, y nos quiere consolar.
Dios no ha querido nuestras vidas por equivocación, obligando a Sí mismo y a nosotros a duras noches de angustia. En cambio, nos ha creado porque nos quiere felices. Es nuestro Padre, y si nosotros aquí, ahora, experimentamos una vida que no es aquella que Él ha querido para nosotros, Jesús nos garantiza que Dios mismo está obrando su rescate. Él trabaja para rescatarnos.
Nosotros creemos y sabemos que la muerte y el odio no son las últimas palabras pronunciadas en la parábola de la existencia humana. Ser cristiano implica una nueva perspectiva: una mirada llena de esperanza. Alguno cree que la vida contiene todas sus felicidades en la juventud y en el pasado, y que el vivir sea un lento decaimiento. Otros aún piensan que nuestras alegrías sean sólo ocasionales y pasajeras, y en la vida de los hombres está escrito el sin sentido. Aquellos que ante tantas calamidades dicen: “Pero la vida no tiene sentido. Nuestro camino es sin sentido”. Pero nosotros los cristianos no creemos en esto. En cambio, creemos que en el horizonte del hombre existe un sol que ilumina por siempre. Creemos que nuestros días más bellos deben todavía llegar. Somos gente más de primavera que de otoño. Me gustaría preguntarles, ahora – cada uno responda en su corazón, en silencio, pero responda –: ¿yo soy un hombre, una mujer, un joven, una joven, de primavera o de otoño? ¿Mi alma es de primavera o de otoño? Cada uno responda. Entrevemos los gérmenes de un mundo nuevo en vez de las hojas amarillentas sobre sus ramas. No nos quedamos en nostalgias, añoranzas y lamentos: sabemos que Dios nos quiere herederos de una promesa e incansables cultivadores de sueños. No se olvide de esta pregunta: ¿Yo soy una persona de primavera o de otoño? De primavera, que espera la flor, que espera el fruto, que espera el sol que es Jesús; o de otoño, que está siempre con la mirada hacia abajo, amargado, y como a veces he dicho, con la cara de ajíes al vinagre, ¿no?
El cristiano sabe que el Reino de Dios, su Señoría de amor está creciendo como un gran campo de trigo, a pesar de que en medio esta la cizaña. Siempre existen problemas, existen las habladurías, existen las guerras, existen las enfermedades… existen los problemas. Pero el trigo crece, y al final el mal será eliminado. El futuro no nos pertenece, pero sabemos que Jesucristo es la más grande gracia de la vida: es el abrazo de Dios que nos espera al final, pero que ya desde ahora nos acompaña y nos consuela en el camino. Él nos conduce a la gran “morada” de Dios entre los hombres (Cfr. Ap. 21,3), con tantos otros hermanos y hermanas, y llevaremos a Dios el recuerdo de los días vividos aquí abajo. Y será bello descubrir en ese instante que nada ha sido perdido, nada, ni siquiera una lágrima: nada ha sido perdido; ninguna sonrisa, ni ninguna lágrima. Por cuanto nuestra vida haya sido larga, nos parecerá de haber vivido en un momento. Y que la creación no se ha quedado en el sexto día del Génesis, la creación no ha terminado el sexto día, sino ha proseguido incansablemente, porque Dios siempre se ha preocupado por nosotros. Hasta el día en el que todo se cumplirá, la mañana en la cual se terminaran las lágrimas, el instante mismo en el cual Dios pronunciará su última palabra de bendición: «Yo hago nuevas todas las cosas» (v. 5). Si, nuestro Padre es el Dios de la novedad y el Dios de las sorpresas. Y aquel día nosotros seremos verdaderamente felices, y ¿lloraremos?, sí, pero lloraremos de alegría. Gracias

martes, 8 de agosto de 2017

Domingo de Guzmán, Predicador de la Gracia

El Maestro Jordán de Sajonia escribió una crónica a ruegos de "muchos frailes –como él mismo dice– deseosos de saber cómo tuvo origen la Orden de Predicadores… cuáles fueron los primeros frailes y cómo se multiplicaron y fueron confortados por la gracia de Dios” . Así germinó en su mente la concepción de esta obra, y le dio alientos para llevarla a cabo el deseo de evitar que “los hijos que luego nazcan y se levanten ignoren los orígenes de su Orden y quieran inútilmente conocerlos cuando no se halle, a causa del tiempo transcurrido, quien pueda relatarles nada cierto” . Con estas palabras declara implícitamente el Beato Jordán que su obra es la primera que se escribía acerca de este tema. 

Su tema, precisamente, es la historia de la Orden y quizás no la vida de Santo Domingo; por eso escoge el estilo de crónica, no de vida o de leyenda, y solamente alguna vez se aparta de la narración cronológica, como al tratar de su amigo Enrique de Colonia. Un examen minucioso del Libellus atestigua que Jordán no perdió nunca de vista su propósito de escribir para los jóvenes. Es muy probable que redactase su obra también con vistas a la posible canonización de Domingo .

miércoles, 2 de agosto de 2017

El Papa en la catequesis: “El Bautismo nos hace ser portadores de Jesús al mundo”

(RV).- “¡Qué gracia cuando un cristiano se hace verdaderamente un ‘cristóforo’, ¿qué quiere decir cristóforo? Quiere decir, ‘portador de Jesús’ al mundo!”, con estas palabras el Papa Francisco explicó en la Audiencia General del primer miércoles de agosto, que el Bautismo es la puerta de la esperanza.
Continuando su ciclo de catequesis sobre “la esperanza”, el Obispo de Roma recordó algunos ritos del Bautismo. “Los antiguos ritos del Bautismo – afirmó el Papa – proveían que los catecúmenos emitieran la primera parte de su profesión de fe teniendo la mirada dirigida hacia occidente. Y en esa posición eran interrogados: ¿Renuncian a Satanás, a su servicio y a sus obras? – Y los futuros cristianos repetían en coro: ¡Renuncio!. Luego se giraban hacia el ábside, en dirección de oriente, donde nace la luz, y los candidatos al Bautismo eran nuevamente interrogados: ¿Creen en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?. Y esta vez respondían: ¡Creo!”.
En los tiempos modernos, precisó el Pontífice, se ha parcialmente perdido el encanto de este rito: hemos perdido la sensibilidad del lenguaje del cosmos. “Nos ha quedado naturalmente la profesión de fe – subrayó el Papa Francisco – hecha según la interrogación bautismal, que es propio de la celebración de algunos sacramentos. Ésta permanece de todos modos intacta en su significado.
Los cristianos no están eximidos de las tinieblas, externas y también internas. No viven fuera del mundo, pero, por la gracia de Cristo recibido en el Bautismo, son hombres y mujeres “orientados”: no creen en la oscuridad, sino en el resplandecer del día; no sucumben en la noche, sino esperan la aurora; no son derrotados por la muerte, sino anhelan el resucitar; no son doblegados por el mal, porque confían siempre en las infinitas posibilidades del bien.
Texto y audio completo de la catequesis del Papa Francisco
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Existió un tiempo en el cual las iglesias estaban orientadas hacia el este. Se entraba en el edificio sagrado por una puerta abierta hacia occidente y, caminando en la nave, se dirigía hacia oriente. Era un símbolo importante para el hombre antiguo, una alegoría que en el curso de la historia ha progresivamente decaído. Nosotros hombres de la época moderna, mucho menos acostumbrados a coger los grandes signos del cosmos, casi nunca nos damos cuenta de un detalle particular de este tipo. El occidente es el punto cardinal del ocaso, donde muere la luz. El oriente, en cambio, es el lugar donde las tinieblas son vencidas por la primera luz de la aurora y nos recuerda al Cristo, Sol surgido de lo alto al horizonte del mundo (Cfr. Lc 1,78).
Los antiguos ritos del Bautismo proveían que los catecúmenos emitieran la primera parte de su profesión de fe teniendo la mirada dirigida hacia occidente. Y en esa posición eran interrogados: “¿Renuncian a Satanás, a su servicio y a sus obras?” – Y los futuros cristianos repetían en coro: “¡Renuncio!”. Luego se giraban hacia el ábside, en dirección de oriente, donde nace la luz, y los candidatos al Bautismo eran nuevamente interrogados: “¿Creen en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo?”. Y esta vez respondían: “¡Creo!”.
En los tiempos modernos se ha parcialmente perdido el encanto de este rito: hemos perdido la sensibilidad del lenguaje del cosmos. Nos ha quedado naturalmente la profesión de fe, hecha según la interrogación bautismal, que es propio de la celebración de algunos sacramentos. Ésta permanece de todos modos intacta en su significado. ¿Qué cosa quiere decir ser cristianos? Quiere decir mirar a la luz, continuar a hacer la profesión de fe en la luz, incluso cuando el mundo está envuelto por la noche y las tinieblas.
Los cristianos no están eximidos de las tinieblas, externas y también internas. No viven fuera del mundo, pero, por la gracia de Cristo recibida en el Bautismo, son hombres y mujeres “orientados”: no creen en la oscuridad, sino en el resplandecer del día; no sucumben en la noche, sino esperan la aurora; no son derrotados por la muerte, sino anhelan el resucitar; no son doblegados por el mal, porque confían siempre en las infinitas posibilidades del bien. Y esta es nuestra esperanza cristiana. La luz de Jesús, la salvación que nos trae Jesús con su luz y nos salva de las tinieblas.
¡Nosotros somos aquellos que creen que Dios es Padre: esta es la luz! No somos huérfanos, tenemos un Padre y nuestro Padre es Dios. ¡Creemos que Jesús ha venido en medio de nosotros, ha caminado en nuestra misma vida, haciéndose compañero sobre todo de los más pobres y frágiles: esta es la luz! ¡Creemos que el Espíritu Santo obra sin descanso por el bien de la humanidad y del mundo, e incluso los dolores más grandes de la historia serán superados: esta es la esperanza que nos vuelve a despertar cada mañana! ¡Creemos que todo afecto, toda amistad, todo buen deseo, todo amor, incluso aquellos más pequeños y descuidados, un día encontraran su cumplimiento en Dios: esta es la fuerza que nos impulsa a abrazar con entusiasmo nuestra vida todos los días! Y esta es nuestra esperanza: vivir en la esperanza y vivir en la luz, en la luz de Dios Padre, en la luz de Jesús Salvador, en la luz del Espíritu Santo que nos impulsa a ir adelante en la vida.
Luego hay otro signo muy bello de la liturgia bautismal que nos recuerda la importancia de la luz. Al final del rito, a los padres – si es un niño – o al mismo bautizado – si es un adulto – se le entrega una vela, cuya llama es encendida del cirio pascual. Se trata del gran cirio que en la noche de Pascua entra en la iglesia completamente oscura, para manifestar el misterio de la Resurrección de Jesús; de este cirio todos encienden la propia vela y transmiten la llama a los vecinos: en este signo esta la lenta propagación de la Resurrección de Jesús en la vida de todos los cristianos. La vida de la Iglesia – diré una palabra un poco fuerte – la vida de la Iglesia es contaminación de luz. Cuanta luz de Jesús tenemos nosotros los cristianos, cuanta más luz existe en la vida de la Iglesia más es viva la Iglesia. La vida de la Iglesia es contaminación de luz.
La exhortación más bella que podemos dirigirnos recíprocamente es aquella de recordarnos siempre de nuestro Bautismo. Yo quisiera preguntarles: ¿Cuántos de ustedes se recuerdan la fecha de su Bautismo? No respondan porque alguien se avergonzará. Piensen. Yo no lo recuerdo. Bien, hoy tienen una tarea para la casa, ir donde la mamá, el papá, la tía, el tío, la abuela, el abuelo y preguntarle: ¿Cuál es la fecha de mi bautismo? Y no olvidarlo nunca. ¿Está claro? ¿Lo harán? Hoy aprenderán a recordar la fecha del Bautismo, que es la fecha del renacer, es la fecha de la luz, es la fecha en la cual – me permito una palabra – en la cual hemos sido contaminados por la luz de Cristo. Una tarea para la casa, recordar cual es la fecha del Bautismo. ¿Claro? Bien. Nosotros hemos nacido dos veces: la primera a la vida natural, la segunda, gracias al encuentro con Cristo, en la fuente bautismal. Ahí hemos muerto a la muerte, para vivir como hijos de Dios en este mundo. Ahí nos hemos convertido en humanos como jamás lo habríamos imaginado. Es por esto que todos debemos difundir el perfume del Crisma, con el cual hemos sido marcados en el día de nuestro Bautismo. En nosotros vive y opera el Espíritu de Jesús, primogénito de muchos hermanos, de todos aquellos que se oponen a la inevitabilidad de las tinieblas y de la muerte.
¡Qué gracia cuando un cristiano se hace verdaderamente un “cristóforo”, ¿qué quiere decir cristóforo? Quiere decir, “portador de Jesús” al mundo! Sobre todo para aquellos que están atravesando situaciones de luto, de desesperación, de oscuridad y de odio. Y esto se comprende de tantos pequeños detalles: de la luz que un cristiano custodia en los ojos, de la serenidad que no es quebrada ni siquiera en los días más complicados, del deseo de recomenzar a querer bien y caminar incluso cuando se han experimentado muchas desilusiones. En el futuro, cuando se escribirá la historia de nuestros días, ¿Qué se dirá de nosotros? ¿Qué hemos sido capaces de la esperanza, o quizás qué hemos puesto nuestra luz debajo del celemín? Si seremos fieles a nuestro Bautismo, difundiremos la luz de la esperanza, el Bautismo es el inicio de la esperanza, esa esperanza de Dios y podremos transmitir a la generaciones futuras razones de vida. Y para no olvidarme yo cual es la tarea para la casa, díganlo ustedes. ¡No escucho, recordar la fecha del propio Bautismo!

lunes, 17 de julio de 2017

Formacion Catolica

Te presentamos al Hermano Salvador Gomez, Bendecido por DIOS con un Carisma de predicacion y ensenanza Extraordinario. A continuacion Temas de formacion Catolica, por el predicador Salvador Gomez, Esta predica esta dividida en dos partes,Hermano solo abre tu corazon y tu mente, y escucha La Palabra de Dios.

lunes, 3 de julio de 2017

El Papa a los padres de Charlie Gard: “acompañar y cuidar a su hijo hasta el final”


(RV).- “Afecto y emoción”, con estos sentimientos el Papa Francisco viene siguiendo los acontecimientos del pequeño Charlie Gard, el niño de 10 meses hospitalizado en una clínica de Londres a causa de una enfermedad rara que los médicos definen como “incurable” y que en abril pasado la justicia británica decidió desconectar al bebé enfermo del sistema de soporte vital que lo mantiene vivo.
En este sentido, “el Santo Padre Francisco sigue con afecto y emoción el caso del niño Charlie Gard  y expresa su cercanía a los padres”, lo comunicó el Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, dando a conocer la invitación del Papa a que se respete la voluntad de los padres. Además, el vocero vaticano dijo que, el Pontífice “reza por ellos, esperando que no se desatienda su deseo de acompañar y cuidar a su hijo hasta el final”.
El Papa Francisco ya se había referido a esta situación el pasado viernes a través de un tweet, donde recordaba que: “defender la vida humana, sobre todo cuando está herida por la enfermedad, es un empeño de amor que Dios confía a todo hombre”.

domingo, 2 de julio de 2017

La doblez no es cristiana: estamos con el Espíritu de Jesús, o con el espíritu del mundo. El Papa en el Ángelus

de sí mismos, dando un nuevo significado a los lazos familiares, a partir de la fe en Cristo. 
 
(RV).- En la soleada mañana del domingo 2 de julio el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus, como es habitual, asomado a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano. La oración del Ángelus dominical junto a los fieles en la Plaza de san Pedro es la única cita pública que mantendrá el Obispo de Roma durante el mes de julio, período de verano en Europa. 
Reflexionando sobre la liturgia del día, que presenta el discurso misionero de Jesús del Evangelio de Mateo, el Papa ilustró el pedido que Jesús hace a sus discípulos, es decir, aquel de tener una relación prioritaria con él mismo. Esto –  explicó el Papa - porque es necesario que la gente pueda percibir que para aquel discípulo, Jesús es verdaderamente "el Señor", el centro y el todo de la vida, y para ello es importante que el discípulo, aun con sus límitaciones y errores, sea honesto consigo mismo y con los demás. "La doblez no es cristiana, añadió improvisando, por eso Jesús reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo".
Francisco se centró en dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo, y el segundo, que el misionero no lleva a sí mismo, sino a Jesús, y a través de Él, el amor del Padre Celestial.
Dirigiéndose luego directamente a los sacerdotes, tras poner ante todo su propia experiencia de sacerdote y en lo que fue un aliento para ellos, aludió a la reciprocidad de la misión: “si tú dejas todo por Jesús, - les dijo - la gente reconoce en ti al Señor; y al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte, purificarte de los compromisos, y a superar las tentaciones”. “La acogida del santo pueblo fiel de Dios, - afirmó el pontífice- , es aquel vaso de agua fresca, que te ayuda a ser un buen sacerdote”.
A continuación las palabras del Papa Francisco antes de la oración del Ángelus:
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La liturgia del día nos presenta las últimas líneas del discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10,37 a 42), con el que Jesús instruye a los doce apóstoles, en el momento en que por primera vez los envía en misión a los pueblos de Galilea y Judea. En esta parte final, Jesús subraya dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y a través de Él, el amor del Padre Celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más Jesús está en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más este discípulo es "transparente" a su presencia. Van juntos, ambos. 
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí...» (v. 37). El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y privados de reconocimiento, al contrario, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el Maestro. Cualquier discípulo, sea un laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Tal vez la primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: ¿Tú te encuentras con Jesús? ¿Le rezas a Jesús? La relación. Casi se podría parafrasear el libro del Génesis: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a Jesucristo, y serán una sola carne. (cf. Gn 2,24).
Quien se deja atraer a este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se convierte en un representante suyo, un "embajador", sobre todo con la forma de ser, de vivir. Hasta el punto que Jesús mismo, enviando a los discípulos en misión, les dice: "El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió." (Mt 10,40). Es necesario que la gente pueda percibir que para aquel discípulo, Jesús es verdaderamente "el Señor", es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida. No importa si después, como toda persona humana, tiene sus limitaciones e incluso sus errores - siempre que tenga la humildad de reconocerlos -; lo importante es que no tenga el corazón doble: esto es peligroso. "Yo soy cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el corazón doble". No, esto no va. No tiene que tener corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con los demás. La doblez no es cristiana, por eso Jesús le reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el Espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. 
Y aquí nuestra experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bella, una cosa muy importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es precisamente aquel  "vaso de agua fresca" (v 42), del cual habla el Señor en el Evangelio de hoy, dado con fe afectuosa, que te ayuda a ser un buen sacerdote. Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos, y a superar las tentaciones. Cuanto más un sacerdote sea cercano al pueblo de Dios, más se sentirá cercano a Jesús, y cuanto más esté cercano a Jesús, tanto más se sentirá cercano al pueblo de Dios. 
La Virgen María ha experimentado en primera persona lo que significa amar a Jesús separándose de sí misma, dando un nuevo significado a los lazos familiares, a partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser misioneros libres y gozosos del Evangelio.

La doblez no es cristiana: estamos con el Espíritu de Jesús, o con el espíritu del mundo. El Papa en el Ángelus

de sí mismos, dando un nuevo significado a los lazos familiares, a partir de la fe en Cristo. 
 
(RV).- En la soleada mañana del domingo 2 de julio el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus, como es habitual, asomado a la ventana del Palacio Apostólico Vaticano. La oración del Ángelus dominical junto a los fieles en la Plaza de san Pedro es la única cita pública que mantendrá el Obispo de Roma durante el mes de julio, período de verano en Europa. 
Reflexionando sobre la liturgia del día, que presenta el discurso misionero de Jesús del Evangelio de Mateo, el Papa ilustró el pedido que Jesús hace a sus discípulos, es decir, aquel de tener una relación prioritaria con él mismo. Esto –  explicó el Papa - porque es necesario que la gente pueda percibir que para aquel discípulo, Jesús es verdaderamente "el Señor", el centro y el todo de la vida, y para ello es importante que el discípulo, aun con sus límitaciones y errores, sea honesto consigo mismo y con los demás. "La doblez no es cristiana, añadió improvisando, por eso Jesús reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo".
Francisco se centró en dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo, y el segundo, que el misionero no lleva a sí mismo, sino a Jesús, y a través de Él, el amor del Padre Celestial.
Dirigiéndose luego directamente a los sacerdotes, tras poner ante todo su propia experiencia de sacerdote y en lo que fue un aliento para ellos, aludió a la reciprocidad de la misión: “si tú dejas todo por Jesús, - les dijo - la gente reconoce en ti al Señor; y al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte, purificarte de los compromisos, y a superar las tentaciones”. “La acogida del santo pueblo fiel de Dios, - afirmó el pontífice- , es aquel vaso de agua fresca, que te ayuda a ser un buen sacerdote”.
A continuación las palabras del Papa Francisco antes de la oración del Ángelus:
 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La liturgia del día nos presenta las últimas líneas del discurso misionero del capítulo 10 del Evangelio de Mateo (cf. 10,37 a 42), con el que Jesús instruye a los doce apóstoles, en el momento en que por primera vez los envía en misión a los pueblos de Galilea y Judea. En esta parte final, Jesús subraya dos aspectos esenciales para la vida del discípulo misionero: el primero, que su vínculo con Jesús es más fuerte que cualquier otro vínculo; el segundo, que el misionero no se lleva a sí mismo, sino a Jesús, y a través de Él, el amor del Padre Celestial. Estos dos aspectos están conectados, porque cuanto más Jesús está en el centro del corazón y de la vida del discípulo, más este discípulo es "transparente" a su presencia. Van juntos, ambos. 
«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí...» (v. 37). El afecto de un padre, la ternura de una madre, la dulce amistad entre hermanos y hermanas, todo esto, aun siendo muy bueno y legítimo, no puede ser antepuesto a Cristo. No porque Él nos quiera sin corazón y privados de reconocimiento, al contrario, sino porque la condición del discípulo exige una relación prioritaria con el Maestro. Cualquier discípulo, sea un laico, una laica, un sacerdote, un obispo: la relación prioritaria. Tal vez la primera pregunta que debemos hacer a un cristiano es: ¿Tú te encuentras con Jesús? ¿Le rezas a Jesús? La relación. Casi se podría parafrasear el libro del Génesis: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a Jesucristo, y serán una sola carne. (cf. Gn 2,24).
Quien se deja atraer a este vínculo de amor y de vida con el Señor Jesús, se convierte en un representante suyo, un "embajador", sobre todo con la forma de ser, de vivir. Hasta el punto que Jesús mismo, enviando a los discípulos en misión, les dice: "El que los recibe a ustedes, me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a aquel que me envió." (Mt 10,40). Es necesario que la gente pueda percibir que para aquel discípulo, Jesús es verdaderamente "el Señor", es verdaderamente el centro de su vida, el todo de la vida. No importa si después, como toda persona humana, tiene sus limitaciones e incluso sus errores - siempre que tenga la humildad de reconocerlos -; lo importante es que no tenga el corazón doble: esto es peligroso. "Yo soy cristiano, soy discípulo de Jesús, soy sacerdote, soy obispo, pero tengo el corazón doble". No, esto no va. No tiene que tener corazón doble, sino el corazón simple, unido; que no tenga el pie en dos zapatos, sino que sea honesto consigo mismo y con los demás. La doblez no es cristiana, por eso Jesús le reza al Padre para que los discípulos no caigan en el espíritu del mundo. O estás con Jesús, con el Espíritu de Jesús, o estás con el espíritu del mundo. 
Y aquí nuestra experiencia de sacerdotes nos enseña una cosa muy bella, una cosa muy importante: es precisamente esta acogida del santo pueblo fiel de Dios, es precisamente aquel  "vaso de agua fresca" (v 42), del cual habla el Señor en el Evangelio de hoy, dado con fe afectuosa, que te ayuda a ser un buen sacerdote. Hay una reciprocidad también en la misión: si tú dejas todo por Jesús, la gente reconoce en ti al Señor; pero al mismo tiempo te ayuda a convertirte cada día a Él, a renovarte y purificarte de los compromisos, y a superar las tentaciones. Cuanto más un sacerdote sea cercano al pueblo de Dios, más se sentirá cercano a Jesús, y cuanto más esté cercano a Jesús, tanto más se sentirá cercano al pueblo de Dios. 
La Virgen María ha experimentado en primera persona lo que significa amar a Jesús separándose de sí misma, dando un nuevo significado a los lazos familiares, a partir de la fe en Él. Con su materna intercesión, nos ayude a ser misioneros libres y gozosos del Evangelio.

jueves, 29 de junio de 2017

El Papa: confesión, persecución y oración. Homilía en la Solemnidad de Pedro y Pablo


(RV).- La celebración de la Santa Misa de la Solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, presidida por el Papa Francisco con los cinco nuevos Cardenales, que creó en la víspera, comenzó con la bendición del Palio de los 36 nuevos Arzobispos Metropolitanos, nombrados en el curso del año.
En la Plaza de San Pedro, con la liturgia del día, el Obispo de Roma reflexionó sobre tres palabras fundamentales para la vida del apóstol: confesión, persecución, oración.
«La confesión es la de Pedro en el Evangelio: reconocer que Jesús es el Mesías esperado, el Dios vivo, el Señor de nuestra vida»
El Santo Padre invitó a preguntarnos si somos «cristianos de salón de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón. Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder» por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir al día» o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo. Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución».
En la segunda palabra, persecución, el Papa reiteró que no sólo Pedro y Pablo derramaron su sangre por Cristo, sino que desde los comienzos toda la comunidad fue perseguida.
Y que «incluso hoy en día, en varias partes del mundo, a veces en un clima de silencio —un silencio con frecuencia cómplice—, muchos cristianos son marginados, calumniados, discriminados, víctimas de una violencia incluso mortal, a menudo sin que los que podrían hacer que se respetaran sus sacrosantos derechos hagan nada para impedirlo».
«La vida del apóstol, que brota de la confesión y desemboca en el ofrecimiento, transcurre cada día en la oración»
«Una Iglesia que reza está protegida por el Señor y camina acompañada por Él», dijo el Santo Padre reflexionando sobre la tercera palabra: oración.
Y subrayó «qué urgente es que en la Iglesia haya maestros de oración, pero que sean ante todo hombres y mujeres de oración, que viven la oración».
Recordamos que los nuevos purpurados, creados por el Papa Francisco en la víspera de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo de 2017, son Jean Zerbo, Arzobispo de  Bamako, Mali; Juan José Omella, Arzobispo de Barcelona, España;  Anders Arborelius, Obispo de Estocolmo, Suecia;  Louis-Marie Ling Mangkhanekhoun, vicario apostólico de Paksé, Laos y, Gregorio Rosa Chávez, Auxiliar de la arquidiócesis de San Salvador, El Salvador.
(CdM - RV)

 
Voz y texto completo de la homilía del Papa:
 
La liturgia de hoy nos ofrece tres palabras fundamentales para la vida del apóstol: confesiónpersecuciónoración.
La confesión es la de Pedro en el Evangelio, cuando el Señor pregunta, ya no de manera general, sino particular. Jesús, en efecto, pregunta primero: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?» (Mt 16,13). Y de esta «encuesta» se revela de distintas maneras que la gente considera a Jesús un profeta. Es entonces cuando el Maestro dirige a sus discípulos la pregunta realmente decisiva: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (v. 15). A este punto, responde sólo Pedro: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (v. 16). Esta es la confesión: reconocer que Jesús es el Mesías esperado, el Dios vivo, el Señor de nuestra vida.
Jesús nos hace también hoy a nosotros esta pregunta esencial, la dirige a todos, pero especialmente a nosotros pastores. Es la pregunta decisiva, ante la que no valen respuestas circunstanciales porque se trata de la vida: y la pregunta sobre la vida exige una respuesta de vida. Pues de poco sirve conocer los artículos de la fe si no se confiesa a Jesús como Señor de la propia vida. Él nos mira hoy a los ojos y nos pregunta: «¿Quién soy yo para ti?». Es como si dijera: «¿Soy yo todavía el Señor de tu vida, la orientación de tu corazón, la razón de tu esperanza, tu confianza inquebrantable?». Como san Pedro, también nosotros renovamos hoy nuestra opción de vida como discípulos y apóstoles; pasamos nuevamente de la primera a la segunda pregunta de Jesús para ser «suyos», no sólo de palabra, sino con las obras y con nuestra vida.
Preguntémonos si somos cristianos de salón, de esos que comentan cómo van las cosas en la Iglesia y en el mundo, o si somos apóstoles en camino, que confiesan a Jesús con la vida porque lo llevan en el corazón. Quien confiesa a Jesús sabe que no ha de dar sólo opiniones, sino la vida; sabe que no puede creer con tibieza, sino que está llamado a «arder» por amor; sabe que en la vida no puede conformarse con «vivir al día» o acomodarse en el bienestar, sino que tiene que correr el riesgo de ir mar adentro, renovando cada día el don de sí mismo. Quien confiesa a Jesús se comporta como Pedro y Pablo: lo sigue hasta el final; no hasta un cierto punto sino hasta el final, y lo sigue en su camino, no en nuestros caminos. Su camino es el camino de la vida nueva, de la alegría y de la resurrección, el camino que pasa también por la cruz y la persecución.
Y esta es la segunda palabra, persecución. No fueron sólo Pedro y Pablo los que derramaron su sangre por Cristo, sino que desde los comienzos toda la comunidad fue perseguida, como nos lo ha recordado el libro de los Hechos de los Apóstoles (cf. 12,1). Incluso hoy en día, en varias partes del mundo, a veces en un clima de silencio —un silencio con frecuencia cómplice—, muchos cristianos son marginados, calumniados, discriminados, víctimas de una violencia incluso mortal, a menudo sin que los que podrían hacer que se respetaran sus sacrosantos derechos hagan nada para impedirlo.
Por otra parte, me gustaría hacer hincapié especialmente en lo que el Apóstol Pablo afirma antes de «ser —como escribe— derramado en libación» (2 Tm4,6). Para él la vida es Cristo (cf. Flp 1,21), y Cristo crucificado (cf. 1 Co 2,2), que dio su vida por él (cf. Ga 2,20). De este modo, como fiel discípulo, Pablo siguió al Maestro ofreciendo también su propia vida. Sin la cruz no hay Cristo, pero sin la cruz no puede haber tampoco un cristiano. En efecto, «es propio de la virtud cristiana no sólo hacer el bien, sino también saber soportar los males» (Agustín, Disc. 46.13), como Jesús. Soportar el mal no es sólo tener paciencia y continuar con resignación; soportar es imitar a Jesús: es cargar el peso, cargarlo sobre los hombros por él y por los demás. Es aceptar la cruz, avanzando con confianza porque no estamos solos: el Señor crucificado y resucitado está con nosotros. Así, como Pablo, también nosotros podemos decir que estamos «atribulados en todo, mas no aplastados; apurados, mas no desesperados; perseguidos, pero no abandonados» (2 Co 4,8-9).
Soportar es saber vencer con Jesús, a la manera de Jesús, no a la manera del mundo. Por eso Pablo —lo hemos oímos— se considera un triunfador que está a punto de recibir la corona (cf. 2 Tm 4,8) y escribe: «He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he conservado la fe» (v. 7). Su comportamiento en la noble batalla fue únicamente no vivir para sí mismo, sino para Jesús y para los demás. Vivió «corriendo», es decir, sin escatimar esfuerzos, más bien consumándose. Una cosa dice que conservó: no la salud, sino la fe, es decir la confesión de Cristo. Por amor a Jesús experimentó las pruebas, las humillaciones y los sufrimientos, que no se deben nunca buscar, sino aceptarse. Y así, en el misterio del sufrimiento ofrecido por amor, en este misterio que muchos hermanos perseguidos, pobres y enfermos encarnan también hoy, brilla el poder salvador de la cruz de Jesús.
La tercera palabra es oración. La vida del apóstol, que brota de la confesión y desemboca en el ofrecimiento, transcurre cada día en la oración. La oración es el agua indispensable que alimenta la esperanza y hace crecer la confianza. La oración nos hace sentir amados y nos permite amar. Nos hace ir adelante en los momentos más oscuros, porque enciende la luz de Dios. En la Iglesia, la oración es la que nos sostiene a todos y nos ayuda a superar las pruebas. Nos lo recuerda la primera lectura: «Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él» (Hch 12,5). Una Iglesia que reza está protegida por el Señor y camina acompañada por él. Orar es encomendarle el camino, para que nos proteja. La oración es la fuerza que nos une y nos sostiene, es el remedio contra el aislamiento y la autosuficiencia que llevan a la muerte espiritual. Porque el Espíritu de vida no sopla si no se ora y sin oración no se abrirán las cárceles interiores que nos mantienen prisioneros.
Que los santos Apóstoles nos obtengan un corazón como el suyo, cansado y pacificado por la oración: cansado porque pide, toca e intercede, lleno de muchas personas y situaciones para encomendar; pero al mismo tiempo pacificado, porque el Espíritu trae consuelo y fortaleza cuando se ora. Qué urgente es que en la Iglesia haya maestros de oración, pero que sean ante todo hombres y mujeres de oración, que viven la oración.
El Señor interviene cuando oramos, él, que es fiel al amor que le hemos confesado y que nunca nos abandona en las pruebas. Él acompañó el camino de los Apóstoles y os acompañará también a vosotros, queridos hermanos Cardenales, aquí reunidos en la caridad de los Apóstoles que confesaron la fe con su sangre. Estará también cerca de vosotros, queridos hermanos Arzobispos que, recibiendo el palio, seréis confirmados en vuestro vivir para el rebaño, imitando al Buen Pastor, que os sostiene llevándoos sobre sus hombros. El mismo Señor, que desea ardientemente ver a todo su rebaño reunido, bendiga y custodie al Patriarca Ecuménico y también a la Delegación del Patriarcado Ecuménico, y bendiga al querido hermano Bartolomé, que la ha enviado como señal de comunión apostólica.

lunes, 26 de junio de 2017

Papa: Caminemos con confianza hacia las sorpresas de Dios

(RV).- No sirven los horóscopos o los nigromantes para conocer el futuro: el verdadero cristiano no es el que se instala y permanece quieto, sino aquel que se fía de Dios y se deja guiar en un camino abierto a las sorpresas del Señor. Lo afirmó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta.
El cristiano “detenido” no es un “cristiano verdadero”. El Papa invitó a no permanecer  estáticos, a no “instalarse demasiado”, a la vez que exhortó a “confiar en Dios” y seguirlo. Inspirándose en la Primera Lectura del día, tomada del libro del GénesisFrancisco reflexionó sobre la figura de Abrahán en quien – explicó  – “existe el estilo de la vida cristiana, nuestro estilo como pueblo”, basado en tres dimensiones: el “despojo”, la “promesa” y la “bendición”. Y recordó que el Señor exhortó a Abrahán a irse de su país, de su patria, de la casa de su padre:
“Ser cristiano lleva siempre esta dimensión de despojo que encuentra su plenitud en el despojo de Jesús en la Cruz. Siempre hay un ‘vete’, ‘deja’, para dar el primer paso: ‘Deja y vete de tu tierra, de tu parentela, de la casa de tu padre’. Si hacemos un poco de memoria veríamos que en los Evangelios la vocación de los discípulos es un ‘vete’, ‘deja’ y ‘ven’. También en los profetas, ¿no? Pensemos en Eliseo, trabajando la tierra: ‘Deja y ven’ – ‘Pero al menos, permíteme saludar a mis padres’ – ‘Pero, ve y vuelve’. ‘Deja y ven’”.
Los cristianos – añadió el Obispo de Roma – deben tener la “capacidad” de ser despojados, de lo contrario no son “cristianos auténticos”, como no lo son quienes no se dejan “despojar y crucificar con Jesús”. Abrahán “obedeció por la fe”, partiendo hacia una tierra que iba a “recibir en herencia”, pero sin conocer un destino preciso:
“El cristiano no tiene un horóscopo para ver el futuro; no va a ver al nigromante que tiene una esfera de cristal, y quiere que le lea la mano… No, no. No sabe a dónde va. Va guiado. Y esto es como una primera dimensión de nuestra vida cristiana: despojarse. Pero, despojarse ¿para qué? ¿Para una ascesis firme? ¡No, no! Para ir hacia una promesa. Y ésta es la segunda. Nosotros somos hombres y mujeres que caminamos hacia una promesa, hacia un encuentro, hacia algo – una tierra, dice a Abrahán – que debemos recibir en herencia”.
Y sin embargo – subrayó Francisco – Abrahán no construye una casa, sino que “planta una tienda”, para indicar que “está en camino y que se fía de Dios”. De modo que construye un altar “para adorar al Señor”. Después, “sigue caminando”, está “siempre en camino”:
“El camino comienza todos los días por la mañana; el camino de encomendarse al Señor, el camino abierto a las sorpresas del Señor, tantas veces no buenas, tantas veces graves – pensemos en una enfermedad, en una muerte – pero abierto, porque yo sé que Tú me llevarás a un lugar seguro, a una tierra que  has preparado para mí: es decir, el hombre en camino, el hombre que vive en una tienda, una tienda espiritual. Nuestra alma, cuando se acomoda demasiado, se instala demasiado, pierde esta dimensión de ir hacia la promesa y, en lugar de caminar hacia la promesa, lleva la promesa y posee la promesa. Y esto no va, no es propiamente cristiano”.
En “esta semilla del inicio de nuestra familia” cristiana – dijo el Papa al concluir – sobresale otra característica, la de la bendición. Sí, porque el cristiano es un hombre, una mujer que “bendice”. O sea: “dice bien de Dios y dice bien de los demás” y que “se hace bendecir por Dios y por los demás” para ir adelante. Éste es el esquema de “nuestra vida cristiana”, porque todos,  “también” los laicos, debemos “bendecir a los demás, decir bien de los demás y decir bien a Dios de los demás”. Con frecuencia – terminó diciendo el Pontífice –  estamos acostumbrados “a no decir bien” del prójimo, cuando – explicó – “la lengua se mueve un poco como quiere”, en lugar de seguir el mandamiento que Dios encomienda a “nuestro padre” Abrahán, como “síntesis de la vida”: a saber el de caminar, dejarse “despojar” por el Señor, fiarse de sus promesas y ser irreprensibles, puesto que, en el fondo, “la vita cristiana es tan sencilla”.