lunes, 27 de octubre de 2014

¿Cómo es el proceso de nulidad matrimonial para los católicos?

Imagen referencial. Foto: Wikipedia (CC BY-SA 3.0)MÉXICO D.F., 23 Oct. 14 / 09:13 pm (ACI/EWTN Noticias).- El Vicario Judicial Adjunto del Tribunal Eclesiástico Interdiocesano de México, P. José María Romero Rodríguez, explicó los pasos del proceso de nulidad matrimonial que, precisó, no es un “divorcio” católico sino el reconocimiento de que entre dos personas nunca hubo matrimonio.
En un artículo publicado por el SIAME a propósito del reciente Sínodo de laFamilia que acaba de concluir hace unos días en el Vaticano, el sacerdote indicó que, en líneas generales, son seis los pasos a seguir cuando se cree que el matrimonio puede ser nulo.
En el proceso actual, dice el P. Romero, lo primero que debe tenerse en cuenta es que el proceso de nulidad, en estricto, es un “juicio” cuya “finalidad es ‘declarar’ nulo un sacramento  entre los bautizados que desde sus orígenes careció de validez de acuerdo a las causales establecidas en el Código de Derecho Canónico”.
¿Quién juzga y dónde se lleva a cabo un proceso de nulidad matrimonial? El Obispo de la diócesis es quien tiene la potestad judicial entre sus fieles y la ejerce por medio de los tribunales eclesiásticos; concretamente por medio del Vicario Judicial y de los Jueces. En este sentido, el lugar al que se debe acudir para tramitar la nulidad es el Tribunal Eclesiástico.
¿Por qué Instancias pasa y cuánto dura un proceso? El juicio de nulidad matrimonial concluye con una sentencia que puede ser “afirmativa” (el matrimonio es nulo) o “negativa” el matrimonio es válido.
La sentencia es el resultado del juicio realizado por un tribunal llamado de “primera instancia”, quien al dictar dicha sentencia la transmite a otro tribunal llamado de apelación, que es el responsable de confirmar o no dicha sentencia.
¿Cómo se inicia o se pide un proceso de nulidad matrimonial? Para iniciar un proceso es necesario presentar un “Escrito de Demanda” donde se debe especificar ante qué Tribunal se introduce la demanda, ¿qué se pide y contra quién?, los datos y el domicilio del demandante, del demandado y los hechos que justifican la demanda.
Además del Escrito también se deben presentar otros requisitos. La mayoría de los Tribunales tiene un “Instructivo guía” que ayuda y facilita la redacción del dicho escrito.
¿En qué se fundamenta la decisión de los jueces al declarar válido o nulo un matrimonio?
El P. Romero explica asimismo que el Código de Derecho Canónico pide que para que los jueces puedan declarar nulo un matrimonio requieren tener “la certezamoral”, misma que se desprende de lo “alegado y probado” en el proceso. Lo “alegado y probado” se refiere a las pruebas que los involucrados presentan al juez (las declaraciones de las partes, las declaraciones de algunos testigos, algunos documentos, e incluso algunos exámenes psicológicos que se hacen por mandato del juez).
De no obtener la certeza moral, precisa el sacerdote, el matrimonio “goza del favor del derecho”, es decir, el Tribunal tiene la obligación de declarar que el Matrimonio es válido.
Si bien este proceso tiene un costo, las personas que se encuentren en una situación económica precaria pueden obtener la reducción.
Si una persona tiene argumentos válidos para sospechar de la nulidad de su matrimonio puede pedir una entrevista, totalmente gratuita en los Tribunales Eclesiásticos. Si tiene dudas o desea saber más sobre el proceso de nulidad matrimonial puede acudir al Tribunal más cercano. En la Ciudad de México puede visitar el sitio web http://tribunaleclesiastico.org

domingo, 26 de octubre de 2014

Este vídeo, de un solo minuto, nos enseña de qué trata la vida

Cáritas es la ONG responsable de este sorprendente y didáctivo vídeo que vas a ver.
Más de 1000 millones de personas pasan hambre en este mundo habiendo alimentos suficientes para alimentar a todos y cada uno de los seres humanos. Este es un grave problema que Cáritas ha dedido afrontar en este vídeo titulado: “Una sola familia humana. Alimentos para todos”.
Durante la presentación del vídeo, responsables de la ONG dijeron que estaba basado en la alegoría de las cucharas largas. El vídeo no tiene ni voz, ni texto para que lo puedan entender fácilmente tanto niños como adultos:

Las 164 organizaciones internacionales que componen Cáritas han dicho basta ya y se han propuesto acabar con este problema para el año 2025. ¿Lo conseguirán? ¿Es algo utópico? ¿Es un problema cuya solución llegará a más largo plazo? El tiempo lo dirá.
La solución pasa por un compromiso de los gobiernos de todas las naciones del mundo.

¿SABÍAS QUE…?

1) Mao ordenó matar a miles de millones de gorriones para paliar una hambruna que mató a más de 20 millones de personas. Fuente
2) En el año 526 AC se levantó una nube de polvo en todo el mundo que bloqueó los rayos del sol durante todo un año. Esto se tradujo en una hambruna generalizada. Alrededor del 80 % de la población escandinava y algunas partes de China murieron de hambre, el 30% de Europa murió en epidemias, y los imperios cayeron. Nadie sabe la causa. Fuente
3) Frank Zappa fue invitado a tocar en el concierto Live Aid (para recaudar fondos para el alivio de la hambruna de Etiopía), pero él se negó. Dijo que el evento era un método para lavar el dinero generado gracias al tráfico de cocaína. Fuente

(Basado en una antigua historia sobre el hambre y el compartir, el vídeo animado forma parte de la campaña de Caritas “Una familia humana, Alimentos para Todos”. La “alegoría de las cucharas largas” nos enseña que cuando se lucha para alimentar sólo a nosotros mismos, todo el mundo pasa hambre. Pero cuando nos centramos en el hambre de nuestro vecino, descubrimos que hay maneras de alimentar a todo el mundo.)

El amor por Dios y por el prójimo son inseparables y complementarios: dos caras de una misma medalla

(RV).- (Actualizado) Este mediodía ante una Plaza de San Pedro repleta de fieles y peregrinos -más de 80 mil- el Obispo de Roma indicó que el Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor por Dios y por el prójimo. La señal visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar al mundo el amor de Dios es el amor por los hermanos, reflexionó Francisco. “El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está encima del elenco de los mandamientos. Jesús no lo coloca en el vértice, sino al centro, porque es el corazón desde el cual debe partir todo y hacia donde todo debe regresar y servir de referencia.” “Jesús, puntualizó el Papa, no nos entrega dos fórmulas o dos preceptos, sino dos rostros, es más un solo rostro, aquel de Dios que se refleja en tantos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente el mas pequeño, frágil e indefenso, está presente la imagen misma de Dios.”


(RC-RV)




Palabras del Santo Padre antes del rezo del Ángelus 



¡Queridos hermanos y hermanas buenos días!



El Evangelio de hoy nos recuerda que toda la Ley divina se resume en el amor por Dios y por el prójimo. El Evangelista Mateo cuenta que algunos fariseos se pusieron de acuerdo para probar a Jesús (cfr 22,34-35). Uno de ellos, un doctor de la ley, le dirige esta pregunta : «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?»(v. 36). Jesús, citando el Libro del Deuteronomio, responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu. Este es el más grande y el primer mandamiento» (vv. 37-38). Habría podido detenerse aquí. En cambio Jesús agrega algo que no había sido preguntado por el doctor de la ley. De hecho dice: «El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (v. 39). Este segundo mandamiento tampoco lo inventa Jesús, sino que lo retoma del Libro del Levítico. Su novedad consiste justamente en el juntar estos dos mandamientos – el amor por Dios y el amor por el prójimo – revelando que son inseparables y complementarios, son las dos caras de una misma medalla. No se puede amar a Dios sin amar al prójimo y no se puede amar al prójimo sin amar a Dios. El Papa Benedicto nos ha dejado un bellísimo comentario sobre este tema en su primera Encíclica Deus caritas est (nn. 16-18).



En efecto, la señal visible que el cristiano puede mostrar para testimoniar el amor de Dios al mundo y a los demás, a su familia, es el amor por los hermanos. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo es el primero no porque está encima del elenco de los mandamientos. Jesús no lo coloca en el vértice, sino al centro, porque es el corazón desde el cual debe partir todo y hacia donde todo debe regresar y servir de referencia.



Ya en el Antiguo Testamento la exigencia de ser santos, a imagen de Dios que es santo, comprendía también el deber de ocuparse de las personas más débiles como el forastero, el huérfano, la viuda (cfr Es 22,20-26). Jesús lleva a cumplimento esta ley de alianza, Él que une en sí mismo, en su carne, la divinidad y la humanidad, en un único misterio de amor.



A este punto, a la luz de esta palabra de Jesús, el amor es la medida de la fe, y la fe es el alma del amor. No podemos separar más la vida religiosa, de piedad, del servicio a los hermanos, de aquellos hermanos concretos que encontramos. No podemos dividir más la oración, el encuentro con Dios en los Sacramentos, de la escucha del otro, de la cercanía a su vida, especialmente a sus heridas. Acuérdense de esto: el amor es la medida de la fe. Tú ¿cuánto amas? Cada uno se responda ¿Cómo es tu fe? Mi fe es como yo amo. Y la fe es el alma del amor. 



En medio de la densa selva de preceptos y prescripciones – de los legalismos de ayer y de hoy – Jesús abre un claro que permite ver dos rostros: el rostro del Padre y aquel del hermano. No nos entrega dos fórmulas o dos preceptos: no son preceptos y fórmulas; nos entrega dos rostros, es más un solo rostro, aquel de Dios que se refleja en tantos rostros, porque en el rostro de cada hermano, especialmente el más pequeño, frágil, indefenso y necesitado está presente la imagen misma de Dios. Y deberiamos preguntarnos, cuando encontramos a uno de estos hermanos, si somos capaces de reconocer en él el rostro de Cristo: ¿somos capaces de esto?



De esta forma Jesús ofrece a cada hombre el criterio fundamental sobre el cual edificar la propia vida. Pero sobre todo Él nos dona el Espíritu Santo, que nos permite amar a Dios y al prójimo como Él, con corazón libre y generoso. Por intercesión de María, nuestra Madre, abrámonos para acoger este don de amor, para caminar siempre en esta ley de los dos rostros, que son un solo rostro: la ley del amor.



Saludos del Santo Padre después de la Oración Mariana:



Queridos hermanos y hermanas,



Ayer, en São Paulo en Brasil, ha sido proclamada Beata la Madre Assunta Marchetti, nacida en Italia, co-fundadora de las Hermanas Misioneras de San Carlos Borromeo – Scalabrinianas. Era una hermana ejemplar en el servicio a los huérfanos de los emigrantes italianos; ella veía a Jesús presente en los pobres, en los huérfanos, en los enfermos, en los emigrantes. Demos gracias al Señor por esta mujer, modelo de incansable trabajo misionero y de valerosa dedición en el servicio a la caridad. Este es un llamado, sobre todo la confirmación de lo que hemos dicho antes, acerca de buscar el rostro de Dios en el hermano y la hermana necesitados.



Saludo con afecto a todos los peregrinos provenientes de Italia y de los diferentes Países, iniciando por los devotos de la Virgen del Mar, de Bova Marina, en Reggio Calabria. Recibo con alegría a los fieles de Lugana en Sirmione, Usini, Portobuffolê, Arteselle, Latina e Guidonia; como también a aquellos de Losanna en Suiza, Marsella en Francia. Dirijo un saludo especial a la comunidad peruana de Roma, aquí presente con la sagrada Imagen, que veo del Señor de los Milagros. También saludo a los peregrinos de Schoenstatt, estoy viendo desde aquí la imagen de la Madre.



Les agradezco a todos y los saludo con afecto.



Por favor, no se olviden de rezar por mí. Les deseo buen domingo y buen almuerzo. ¡Hasta la vista! 


sábado, 25 de octubre de 2014

Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»

Este artículo sobre el trabajo desarrolla el mensaje principal de san Josemaría: que la propia tarea bien hecha y ofrecida al Señor es medio para acercarse a Dios y cristianizar la sociedad.
Opus Dei - Santificar el trabajo y santificar el mundo «desde dentro»Foto: Ismael Martínez Sánchez
Las luces y sombras de la época que vivimos están patentes a los ojos de todos. El desarrollo humano y las plagas que lo infectan; el progreso civil en muchos aspectos y la barbarie en otros...: son contrastes que tanto san Juan Pablo II como sus sucesores han señalado repetidas veces[1], animando a los cristianos iluminar la sociedad con la luz del Evangelio. Sin embargo, aunque todos estamos llamados a transformar la sociedad según el querer de Dios, muchos no saben cómo hacerlo. Piensan que esa tarea depende casi exclusivamente de quienes gobiernan o tienen capacidad de influir por su posición social o económica y que ellos sólo pueden hacer de espectadores: aplaudir o silbar, pero sin entrar en el terreno de juego, sin intervenir en la partida.
No ha de ser esa la actitud del cristiano, porque no responde a la realidad de la vocación a la que está llamado. Quiere el Señor que seamos nosotros, los cristianos —porque tenemos la responsabilidad sobrenatural de cooperar con el poder de Dios, ya que El así lo ha dispuesto en su misericordia infinita—, quienes procuremos restablecer el orden quebrantado y devolver a las estructuras temporales, en todas las naciones, su función natural de instrumento para el progreso de la humanidad, y su función sobrenatural de medio para llegar a Dios, para la Redención[2].
No somos espectadores. Al contrario, es misión específica de los laicos santificar el mundo «desde dentro»[3]orientar con sentido cristiano las profesiones, las instituciones y las estructuras humanas[4]. Como enseña el Concilio Vaticano II, los laicos han de «iluminar y ordenar todos los asuntos temporales a los que están estrechamente vinculados, de tal manera que se realicen constantemente según Cristo y se desarrollen y sean para la gloria del Creador y del Redentor»[5]. En una palabra: cristianizar desde dentro el mundo entero, mostrando que Jesucristo ha redimido a toda la humanidad: ésa es la misión del cristiano[6].
Foto: Ismael Martínez SánchezFoto: Ismael Martínez Sánchez

Y para esto los cristianos tenemos el poder necesario, aunque no tengamos poder humano. Nuestra fuerza es la oración y las obras convertidas en oración. La oración es el arma más poderosa del cristiano. La oración nos hace eficaces. La oración nos hace felices. La oración nos da toda la fuerza necesaria, para cumplir los mandatos de Dios[7]. Concretamente, el arma específica que poseen la mayoría de cristianos para transformar la sociedad es el trabajo convertido en oración. No simplemente el trabajo, sino el trabajo santificado.
Dios se lo hizo comprender a San Josemaría en un momento preciso, el 7 de agosto de 1931, durante la San Misa. Al llegar la elevación, trajo a su alma con fuerza extraordinarias las palabras de Jesús: cuando seré levantado en alto sobre la tierra, todo lo atraeré hacia mí[8]Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: ¡si vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino entre vosotros será una realidad![9]
Cristianizar la sociedad
Dios ha confiado al hombre la tarea de edificar la sociedad al servicio de su bien temporal y eterno, de modo acorde con su dignidad[10]: una sociedad en la que las leyes, las costumbres y las instituciones que la conforman y estructuran, favorezcan el bien integral de las personas con todas sus exigencias; una sociedad en la que cada uno se perfeccione buscando el bien de los demás, ya que el hombre «no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a os demás»[11]. Sin embargo, todo se ha trastocado a causa del pecado del primer hombre y de la sucesiva proliferación de los pecados que —como enseña el Catecismo de la Iglesia— hacen «reinar entre los hombres la concupiscencia, la violencia y la injusticia. Los pecados provocan situaciones sociales e instituciones contrarias a la bondad divina. Las "estructuras de pecado" son expresión y efecto de los pecados personales»[12].
El Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo nuestro Señor, ha venido al mundo para redimirnos del pecado y de sus consecuencias. Cristianizar la sociedad no es otra cosa que liberarla de esas consecuencias que el Catecismo resume con las palabras que acabamos de leer. Es, por una parte, liberarla de las estructuras de pecado —por ejemplo, de las leyes civiles y de las costumbres contrarias a la ley moral—, y por otra, más a fondo, procurar que las relaciones humanas estén presididas por el amor de Cristo, y no viciadas por el egoísmo de la concupiscencia, la violencia y la injusticia.Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social[13].
Cristianizar la sociedad no es imponer a nadie la fe verdadera. Precisamente el espíritu cristiano reclama el respeto del derecho a la libertad social y civil en materia religiosa, de modo que no se debe impedir a nadie que practique su religión, según su conciencia, aun cuando estuviera en el error, siempre que respete las exigencias del orden público, de la paz y la moralidad pública, que el Estado tiene obligación de tutelar[14]. A quienes están en el error hay que procurar que conozcan la verdad, que sólo se encuentra plenamente en la fe católica, enseñándoles y convenciéndoles con el ejemplo y con la palabra, pero nunca con la coacción. El acto de fe sólo puede ser auténtico si es libre.
Pero cuando un cristiano intenta que la ley civil promueva el respeto de la vida humana desde el momento de la concepción, la estabilidad de la familia a través del reconocimiento de la indisolubilidad del matrimonio, los derechos de los padres en la educación de los hijos tanto en escuelas públicas como en privadas, la verdad en la información, la moralidad pública, la justicia en las relaciones laborales, etc., no está pretendiendo con imponer su fe a los demás, sino cumpliendo con su deber de ciudadano y contribuyendo a edificar, en lo que está de su parte, una sociedad mejor, conforme a la dignidad de la persona humana. Ciertamente, el cristiano,gracias a la Revelación divina, posee una especial certeza sobre la importancia que esos principios y verdades poseen para edificar una sociedad más justa; pero estos están al alcance de la razón humana, y por eso cualquier persona, independientemente de su fe, puede apreciar el valor e importancia que esos principios tienen para la vida social.
Esfuérzate para que las instituciones y las estructuras humanas, en las que trabajas y te mueves con pleno derecho de ciudadano, se conformen con los principios que rigen una concepción cristiana de la vida. Así, no lo dudes, aseguras a los hombres los medios para vivir de acuerdo con su dignidad, y facilitarás a muchas almas que, con la gracia de Dios, puedan responder personalmente a la vocación cristiana[15]. Se trata de «sanear las estructuras y los ambientes del mundo (...) de modo que favorezcan la práctica de las virtudes en vez de impedirla»[16]. La fe cristiana hace sentir hondamente la aspiración, propia de todo ciudadano, de buscar el bien común de la sociedad. Un bien común que no se reduce al desarrollo económico, aunque ciertamente lo incluyen. Son también, y antes —en sentido cualitativo, no siempre en el de urgencia temporal—, las mejores condiciones posibles de libertad, de justicia y de vida moral en todos sus aspectos, y de paz, que corresponden a la dignidad de la persona humana.
Cuando un cristiano hace lo posible para configurar de este modo la sociedad lo hace en virtud de su fe, no en nombre de una ideología opinable de partido político. Actúa como actuaron los primeros cristianos. No tenían, por razón de su vocación sobrenatural, programas sociales ni humanos que cumplir; pero estaban penetrados de un espíritu, de una concepción de la vida y del mundo, que no podía dejar de tener consecuencias en la sociedad en la que se movían[17]La tarea apostólica que Cristo ha encomendado a todos sus discípulos produce, por tanto, resultados concretos en el ámbito social. No es admisible pensar que, para ser cristiano, haya que dar la espalda al mundo, ser un derrotista de la naturaleza humana[18].
Es necesario procurar sanear las estructuras de la sociedad para empaparla de espíritu cristiano, pero no es suficiente. Aunque parezca una meta muy alta, no pasa de ser una exigencia básica. Hace falta mucho mas: procurar sobre todo que las personas sean cristianas, que cada uno irradie a su alrededor, en su conducta diaria, la luz y el amor de Cristo, el buen olor de Jesucristo[19]. El fin no es que las estructuras sean sanas, sino que las personas sean santas. Tan equivocado sería despreocuparse de que las leyes y las costumbres de la sociedad fueran conformes al espíritu cristiano, como conformarse sólo con esto. Porque además, en ese mismo momento peligrarían de nuevo las mismas estructuras sanas. Siempre hay que estar recomenzando. «No hay humanidad nueva, si antes no hay hombres nuevos, con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio»[20].
Por medio del trabajo
De que tú y yo nos portemos como Dios quiere no lo olvides dependen muchas cosas grandes[21] Si queremos cristianizar la sociedad,lo primero es la santidad personal, nuestra unión con Dios. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención[22]. Es necesario que no perdamos la sal, la luz y el fuego que Dios ha puesto dentro de nosotros para transformar el ambiente que nos rodea. El Papa san Juan Pablo II ha señalado que «es un cometido que exige valentía y paciencia»[23]: valentía porque no hay que tener miedo a chocar con el ambiente cuando es necesario; y paciencia, porque cambiar la sociedad desde dentro requiere tiempo, y mientras tanto no hay que acostumbrarse a la presencia del mal cristalizado en la sociedad, porque acostumbrarse a una enfermedad mortal es tanto como sucumbir a ella. El cristiano ha de encontrarse siempre dispuesto a santificar la sociedad "desde dentro", estando plenamente en el mundo, pero no siendo del mundo, en lo que tiene —no por característica real, sino por defecto voluntario, por el pecado— de negación de Dios, de oposición a su amable voluntad salvífica[24].
Dios quiere que infundamos espíritu cristiano a la sociedad a través de la santificación del trabajo profesional, ya que por el trabajo, somete el cristiano la creación (cfr. Gn 1,28) y la ordena a Cristo Jesús, centro en el que están destinadas a recapitularse todas las cosas[25]. El trabajo profesional es, concretamente, medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres[26].
Foto: Ismael Martínez SánchezFoto: Ismael Martínez Sánchez

Cada uno se ha de proponer la tarea de cristianizar la sociedad a través de su trabajo: primero mediante en el afán de acercar a Dios a sus colegas y a las personas con las que entra en contacto profesional, para que también ellos lleguen a santificar su trabajo y a dar el tono cristiano a la sociedad; y después, e inseparablemente, mediante el empeño por cristianizar las estructuras del propio ambiente profesional, procurando que sean conformes a la ley moral. Quien se dedica a la empresa, a la profesión farmacéutica, a la abogacía, a la información o a la publicidad..., debe tratar de influir cristianamente en su ambiente: en las relaciones y en las instituciones profesionales y laborales. No es suficiente no mancharse con prácticas inmorales; hay que proponerse limpiar el propio ámbito profesional, hacerlo conforme a la dignidad humana y cristiana.
Para todo esto debemos recibir una formación tal que suscite en nuestras almas, a la hora de acometer el trabajo profesional de cada uno, el instinto y la sana inquietud de conformar esa tarea a las exigencias de la conciencia cristiana, a los imperativos divinos que deben regir en la sociedad y en las actividades de los hombres[27].
Las posibilidades de contribuir a la cristianización de la sociedad en virtud del trabajo profesional, van más allá de lo que puede realizarse en el estricto ambiente de trabajo. La condición de ciudadano que ejerce una profesión en la sociedad es un título para emprender o colaborar en iniciativas de diverso género, junto con otros ciudadanos que comparten los mismos ideales: iniciativas educativas de la juventud —escuelas donde se imparta una formación humana y cristiana, tan necesarias y urgentes en nuestro tiempo—, iniciativas asistenciales, asociaciones para promover el respeto a la vida, o la verdad en la información, o el derecho a un ambiente moral sano... Todo realizado con la mentalidad profesional de los hijos de Dios llamados a santificarse en medio del mundo.
Que entreguemos plenamente nuestras vidas al Señor Dios Nuestro, trabajando con perfección, cada uno en su tarea profesional y en su estado, sin olvidar que debemos tener una sola aspiración, en todas nuestras obras: poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades de los hombres[28] .

“Un compromiso con la vida”

“Un compromiso con la vida”

El 8 de octubre se conmemora en nuestro país el Día del Estudiante Solidario en referencia a “la tragedia de Santa Fe”, donde un choque ocurrido en esa provincia entre un micro y un camión provocó la muerte de nueve alumnos y una profesora del Colegio Ecos, que venían de realizar un viaje solidario en el norte de Argentina.

Sus compañeros y familiares resumen sus reflexiones actuales, luego de nueve años de ocurrida la tragedia en una palabra “responsabilidad”. Santiago Bravo de la Serna (21), hermano de Benjamín; Carolina Arienti (24), compañera de curso de los estudiantes; y Lucas Kalwill Lima (25), sobreviviente del siniestro, son también víctimas, y durante estos años buscaron el modo de transformar su dolor en una causa solidaria.
Paradójicamente estos jóvenes encontraron consuelo en los padres de las víctimas fatales. Poco después del hecho, esos hombres y mujeres que habían perdido a sus hijos decidieron organizar una asociación, Conduciendo a Conciencia, y a través de ella varios recitales de rock conmemorativos, que sirven como excusa para reunir donaciones que se envían a escuelas vulnerables del norte argentino. Porque de allí volvían los chicos y la profesora fallecidos,habían llevado ayuda a una escuela rural de la localidad chaqueña de El Paraisal.
El duelo de Santiago llevó tiempo. Haber perdido de golpe a su hermano mayor lo dejó en estado de shock, cuando apenas tenía 13 años. Hoy se siente feliz de volver a tener proyectos, como una novela de próxima publicación o la búsqueda de un trabajo como compositor: descubrió que su mundo es el arte y que cada obra suya está inspirada en los recuerdos. “Todo lo que pasó me ayudó muchísimo a crecer, pero yo no tenía ganas de crecer. Ahora, por primera vez puedo decir que estoy empezando a vivir“, resume.
Los tres coinciden en que lo ocurrido los llevó a saltearse etapas clásicas del mundo adolescente. “En ese momento, dejamos de ser chicos de secundario que salían a la noche. Nos juntábamos en una casa, con los tiempos que tenía cada uno para hablar, pero algo de la adolescencia se había roto“, describe Carolina, hoy convertida en productora de radio y, según dicen desde la ONG, también productora allí.
Para Lucas, la carga también es mucha. No sólo perdió a sus amigos; él mismo fue  parte de aquel viaje al norte y resultó herido en el choque. “Agradezco tener la pierna, que no la perdí por un centímetro”, sobre todo pensando en su trabajo cotidiano, que se concentra en tareas de apicultura y carpintería en una isla del Tigre adonde se mudó hace unos años. De todas formas, aclara: “La que nos marca es la cicatriz emocional. Lo otro fue leve para mí.” Asegura que está listo para volver a visitar la escuela chaqueña y que le gustaría, “porque esos chicos tienen mucho que enseñar”.
Lucas se refiere a la tragedia ocurrida y a la tarea que ahora desempeñan con mucha claridad: “lo que vivimos fue muy fuerte y uno siente que tiene una responsabilidad, un compromiso con la vida. Tratar de elegir cosas que ayuden a los demás. Transmitir lo que sentimos es aportar algo para cuidar al otro”, reflexiona.
Los tres coinciden en algo: “hoy se habla mucho de la venganza, y de la justicia pensada desde un lugar muy violento, no valorando la vida. El mensaje de los padres siempre fue muy claro: dale valor a tu vida. Valorar lo que tenemos, cuidarlo mucho, y acompañarnos en el dolor, que es una realidad. Desde que empezamos con el armado de Conduciendo a Conciencia, la cuestión fue valorar la vida, reír y seguir viviendo. Y eso se da cada 8 de octubre, en los festivales solidarios. Siempre esperamos muy contentos su llegada”. Este año no fue la excepción.