miércoles, 11 de enero de 2017

Catequesis del Papa: confiar y esperar en Dios

(RV).- Al celebrar la Audiencia General del segundo miércoles de enero, en el Aula Pablo VI de la Ciudad del Vaticano y en la que participaron varios miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, el Papa Franciscoprosiguiendo con su ciclo de catequesis sobre la esperanza cristiana, se refirió a las falsas esperanzas que se ponen en los ídolos.
Hablando en italiano, el Santo Padre recordó que el tiempo de Adviento y de Navidad que hemos celebrado, representa un período del año litúrgico que despierta en el pueblo de Dios la esperanza. De donde se deduce que esperar – dijo – representa una necesidad primaria del hombre: esperar en el futuro, creer en la vida, lo que se conoce también con el llamado “pensar de modo positivo”.
El Papa Bergoglio se refirió a la importancia de que esta esperanza sea una respuesta a lo que verdaderamente puede ayudar a vivir y a dar sentido a nuestra existencia. Por esta razón – dijo Francisco – la Sagrada Escritura nos advierte ante las falsas esperanzas que el mundo nos presenta, desenmascarando su inutilidad y mostrando su insensatez. Y añadió que lo hace de diversas maneras, pero sobre todo denunciando la falsedad de los ídolos en los que el hombre continuamente se siente tentado de poner su confianza, haciendo de ellos el objeto de su esperanza.
El Pontífice afirmó que el mensaje que surge del Salmo escogido es sumamente claro, puesto que si se pone la esperanza en los ídolos, se vuelve como ellos, es decir, imágenes vacías con manos que  no tocan, pies que no caminan y bocas que no pueden hablar. Ya no se tiene nada que decir – añadió –, sino que se llega a ser incapaces de ayudar, de cambiar las cosas, de sonreír, donarse y amar. E incluyéndose dijo que también los hombres de la Iglesia corren este riesgo cuando se “mundanizan”. De ahí la necesidad de permanecer en el mundo, pero sabiendo defenderse de las ilusiones que el mundo suele proponer.
Tal como prosigue el Salmo – dijo el Papa al concluir – es necesario confiar y esperar en Dios, con lo cual Dios dará su bendición. Sí, porque el Señor se acuerda de nosotros y nos bendice. Es ésta la estupenda realidad de la esperanza: confiando en el Señor se llega a ser como Él, su bendición nos trasforma en hijos suyos que comparten su vida.
La esperanza en Dios – terminó diciendo el Obispo de Roma en su segunda catequesis del año nuevo – nos hace entrar, por decirlo de alguna manera, en el radio de acción de su recuerdo, de su memoria que nos bendice y nos salva. Entonces sí puede brotar el aleluya, la alabanza al Dios vivo y verdadero, que por nosotros ha nacido de María, ha muerto en la cruz y ha resucitado en la gloria.

domingo, 8 de enero de 2017

«La fe es luz y deben hacerla crecer para que se convierta en testimonio», el Papa en la fiesta del Bautismo del Señor

(RV).- En la mañana del domingo 8 de enero, fiesta del Bautismo del Señor con la cual concluye el tiempo litúrgico de la Navidad, el Papa Francisco presidió por cuarta vez en su Pontificado, la Santa misa en la Capilla Sixtina en la cual administró el Sacramento del Bautismo a 13 niñas y 15 niños.
En una ceremonia litúrgica ambientada por cánticos y tras la presentación de los aspirantes a recibir el sacramento del bautismo, en el momento de la homilía, el Santo Padre dirigió las siguientes palabras a los padres, padrinos y familiares allí presentes:
Queridos padres, ustedes han pedido para sus hijos la fe, que les será dada en el bautismo. La fe, esto significa vida de fe porque la fe debe ser vivida, y caminar por el camino de la fe y dar testimonio de la fe. La fe no es recitar el credo los domingos cuando vamos a la misa, la fe no es solamente ésto. La fe es creer en la verdad de Dios Padre que ha enviado a su Hijo y el Hijo nos da el espíritu que nos vivifica. La fe es confiar en Dios y eso es lo que ustedes tienen que enseñar a sus hijos con el ejemplo y con la vida.
La fe es luz. En esta ceremonia les será dada una vela encendida como en los primeros días de la Iglesia, y por eso en aquel tiempo el bautismo se llamabala iluminación porque la fe ilumina el corazón, “hace ver las cosas con otra luz”. Ustedes han pedido la fe, la Iglesia da la fe con el bautismo a sus hijos, y ustedes tienen el compromiso de hacerla crecer, custodiarla y que se convierta en testimonio para todos los demás. Éste es el sentido de esta celebración, solamente esto quería decirles: custodiar la fe, hacerla crecer, de modo que sea testimonio para los otros.
Después... ha comenzado el concierto, (haciendo alusión a los llantos de algunos de los bebés durante la ceremonia) porque los niños se encuentran en un lugar que no conocen, los han levantado antes de lo común, empieza uno… da la nota, y los otros imitan… sencillamente porque ha llorado el otro. Jesús también hizo lo mismo, a mí me gusta pensar que la primera predicación de Jesús en el pesebre fue un llanto. Después como la ceremonia es muy larga, algunos lloran de hambre. Si es así, ustedes madres, sin vergüenza denles de mamar, como la Virgen daba de mamar a Jesús. No se olviden: ustedes han pedido la fe, ustedes tienen el compromiso de hacer crecer esta fe de modo que se convierta en testimonio para todos nosotros, también para nosotros, obispos, sacerdotes...todos. Gracias.
Posteriormente, la ceremonia prosiguió con los demás ritos preparatorios como la bendición del agua, la renuncia de los padres y padrinos al pecado, la profesión de fe y la pregunta formulada sobre el deseo de que el niño sea bautizado. 

domingo, 1 de enero de 2017

El Papa en la Solemnidad de la Madre de Dios: “la mirada maternal de María nos libra de la orfandad”

(RV).- “Queremos recibir a María en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos, que somos de la misma carne”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía este uno de enero, en la celebración Eucarística en la Solemnidad de María Santísima Madre de Dios, y también, Jornada Mundial de la Paz.
En la primera Santa Misa de 2017, el Santo Padre recordó la “actitud de María” descrita en el Evangelio de San Lucas. El Pontífice señaló que, “María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo”. En María, dijo el Papa, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa.
“Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año – afirmó el Obispo de Roma – significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos”. Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. “Una sociedad sin madres – precisó el Pontífice – no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el sabor a hogar. Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación”. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza.
Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, agregó el Papa Francisco, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. “Esa orfandad – precisó el Pontífice – que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común”.
Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – subrayó el Vicario de Cristo – nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar el clima, el calor que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a consumir y ser consumidos. “Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios – exhortó el Papa – nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios”.
Antes de concluir su homilía, el Papa Francisco dijo que, “celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan”. Ya que, celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre y debemos confesar juntos esta verdad.
«Mientras tanto, María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón» (Lc 2, 19). Así Lucas describe la actitud con la que María recibe todo lo que estaban viviendo en esos días. Lejos de querer entender o adueñarse de la situación, María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa. Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios.
En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud. Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad. María, nos dio el calor materno, ese que nos cobija en medio de la dificultad; el calor materno que permite que nada ni nadie apague en el seno de la Iglesia la revolución de la ternura inaugurada por su Hijo. Donde hay madre, hay ternura. Y María con su maternidad nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 288). Y desde siempre el santo Pueblo fiel de Dios la ha reconocido y saludado como la Santa Madre de Dios.
Celebrar la maternidad de María como Madre de Dios y madre nuestra, al comenzar un nuevo año, significa recordar una certeza que acompañará nuestros días: somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos.
Las madres son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías. Una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el «sabor a hogar». Una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación. Porque las madres, incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza. He aprendido mucho de esas madres que teniendo a sus hijos presos, o postrados en la cama de un hospital, o sometidos por la esclavitud de la droga, con frio o calor, lluvia o sequía, no se dan por vencidas y siguen peleando para darles a ellos lo mejor. O esas madres que en los campos de refugiados, o incluso en medio de la guerra, logran abrazar y sostener sin desfallecer el sufrimiento de sus hijos. Madres que dejan literalmente la vida para que ninguno de sus hijos se pierda. Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.
Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios. Esa orfandad que gana espacio en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común.
Tal orfandad autorreferencial fue la que llevó a Caín a decir: «¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?» (Gen 4,9), como afirmando: él no me pertenece, no lo reconozco. Tal actitud de orfandad espiritual es un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma. Y así nos vamos degradando ya que, entonces, nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos quiénes somos, qué «apellido» divino tenemos. La pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida, hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad. La falta de contacto físico (y no virtual) va cauterizando nuestros corazones (cf. Carta enc. Laudato si’, 49) haciéndolos perder la capacidad de la ternura y del asombro, de la piedad y de la compasión. La orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad.
Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia, las personas podemos encontrar «el clima», «el calor» que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a «consumir y ser consumidos». Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios.
Celebrar a la Santa Madre de Dios nos impulsa a generar y cuidar lugares comunes que nos den sentido de pertenencia, de arraigo, de hacernos sentir en casa dentro de nuestras ciudades, en comunidades que nos unan y nos ayudan (cf. Carta enc. Laudato si’, 151).
Jesucristo en el momento de mayor entrega de su vida, en la cruz, no quiso guardarse nada para sí y entregando su vida nos entregó también a su Madre. Le dijo a María: aquí está tu Hijo, aquí están tus hijos. Y nosotros queremos recibirla en nuestras casas, en nuestras familias, en nuestras comunidades, en nuestros pueblos. Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad.
Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre. Confesemos juntos esta verdad. Y los invito a aclamarla tres veces como lo hicieron los fieles de Éfeso: Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios, Santa Madre de Dios.