jueves, 22 de octubre de 2015

“Nuestra conversión es un trabajo de todos los días”

(RV).- El esfuerzo del cristiano está orientado a abrir la puerta del corazón al Espíritu Santo. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misamatutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta
El Pontífice subrayó que, para el cristiano, la conversión “es una tarea, es un trabajo de todos los días” que nos conduce al encuentro con Jesús. Y como ejemplo, Francisco relató la historia de una madre enferma de cáncer que hizo todo lo posible para vencer la enfermedad.
Porque como dijo el Papa, para el cristiano la conversión “es una tarea, un trabajo de todos los días”. El Papa Francisco se inspiró en la Primera Lectura, que corresponde a un pasaje de la Carta de San Pablo a los Romanos, para subrayar que para pasar del servicio de la iniquidad a la santificación, debemos esforzarnos cotidianamente.
No somos faquires, nuestro esfuerzo sirve para la santificación
El Papa Bergoglio observó que San Pablo utiliza “la imagen del deportista”, el hombre que “se entrena para prepararse para el partido, y hace un gran esfuerzo”. De ahí que haya afirmado: “Pero si éste para ganar un partido hace este esfuerzo, nosotros, que debemos llegar a aquella victoria grande del Cielo, ¿qué haremos?”. Por eso San Pablo nos “exhorta a ir adelante en este esfuerzo”:
“‘Ah, Padre, ¿podemos pensar que la santificación viene por el esfuerzo que yo hago, como la victoria para aquel que hace deporte viene por el entrenamiento?’. No. El esfuerzo que nosotros hacemos, este trabajo cotidiano de servir al Señor con nuestra alma, con nuestro corazón, con nuestro cuerpo, con toda nuestra vida sólo abre la puerta al Espíritu Santo. ¡Es Él quien entra en nosotros y nos salva! ¡Él es el don en Jesucristo! De lo contrario, nosotros nos pareceríamos a los faquires: no, nosotros no somos faquires. Nosotros, con nuestro esfuerzo, abrimos la puerta”.
Ir adelante, no retroceder frente a las tentaciones
Hay que ir adelante sin retroceder ante las tentaciones, lo que – reconoció el Papa – es una tarea difícil, “porque nuestra debilidad, el pecado original, el diablo, siempre nos mandan para atrás”. Y añadió que el autor de la Carta a los Hebreos “nos pone en guardia contra estas tentaciones de retroceder”, de “no ceder”. Es necesario– exhortó el Pontífice  – “ir adelante siempre: un poco cada día” incluso “cuando hay una gran dificultad”:
“Hace algunos meses, me encontré con una mujer. Joven, madre de familia – una hermosa familia – que tenía cáncer. Un cáncer feo. Pero ella se movía con felicidad, como si estuviera sana. Y hablando de esta actitud, me dijo: ‘Padre, ¡hago todo lo posible para vencer el cáncer!’. Así hace el cristiano. Nosotros que hemos recibido este don en Jesucristo y hemos pasado del pecado, de la vida de la iniquidad a la vida del don en Cristo, en el Espíritu Santo, debemos hacer lo mismo. Cada día un paso. Cada día un paso”.
Pidamos la gracia de ser buenos en el entrenamiento de la vida
Hacia el final de su homilía el Santo Padre señaló algunas tentaciones como “las ganas de hablar” contra alguien. Y en ese caso – dijo – es necesario esforzarse para callar. O – añadió –  “nos viene un poco de sueño” y no tenemos “ganas de rezar”, pero después rezamos un poco. Francisco reafirmó que debemos partir de las cosas pequeñas:
“Nos ayudan a no ceder, a no ir hacia atrás, a no volver a la iniquidad, sino a ir adelante, hacia este don, esta promesa de Jesucristo que será propiamente el encuentro con Él. Pidamos al Señor esta gracia: de ser buenos, de ser buenos en este entrenamiento de la vida hacia el encuentro, porque hemos recibido el don de la justificación, el don de la gracia, el don del Espíritu en Cristo Jesús”.
MAS:http://es.radiovaticana.va/news/2015/10/22/papa_%E2%80%9Cnuestra_conversi%C3%B3n_es_un_trabajo_de_todos_los_d%C3%ADas%E2%80%9D/1181131

miércoles, 21 de octubre de 2015

¿Qué nos impide abrirnos a la voluntad de Dios en nuestras vidas?

Luis Priede, miembro comprometido de Fe y Vida, nos muestra algunos obstáculos muy comunes que nos impiden hacer la voluntad de Dios. "Be water my friend" (21/08/15)

Es necesario restituir honor social a la fidelidad del amor que funda la familia, dijo el Papa en la catequesis

(RV).- Al celebrar la audiencia general del tercer miércoles de octubre en la Plaza de San Pedro y ante miles de fieles y peregrinos de numerosos países,  el Papa Francisco prosiguió su catequesis semanal sobre la familia, centrándose, en esta ocasión, en la fidelidad del amor.
Tras haber meditado en su catequesis anterior acerca de las importantes promesas que los padres hacen a los niños, el Santo Padre, hablando en italiano, explicó que la entera realidad familiar se funda sobre la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer se hacen recíprocamente.
La promesa conyugal se ensancha para compartir alegrías y sufrimientos con generosa apertura 
Promesa que, como dijo el Obispo de Roma, comporta el compromiso de acoger y educar a los hijos, ocuparse de los padres ancianos y de los miembros más débiles de la familia, ayudándose mutuamente para desarrollar las propias cualidades y aceptar las limitaciones.
Promesa que, además, se ensancha para compartir las alegrías y los sufrimientos con generosa apertura, mientras, como dijo el Papa, “una familia que se cierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la hizo nacer y la hace vivir”.
Francisco también explicó que  el amor, como la amistad, deben su fuerza y su belleza al hecho de que generan un lazo sin quitar la libertad. Y reafirmó que sin la libertad no puede existir la amistad, el amor y el matrimonio.
De modo que la libertad y la fidelidad no se oponen, sino que se sostienen mutuamente, tanto en las relaciones interpersonales como en las sociales. Tanto es así que basta observar los daños que producen la inflación de promesas no mantenidas en diversos ámbitos y la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos aceptados.
El Papa Bergoglio afirmó que ninguna relación de amor, ninguna amistad, ninguna forma de querer, llega a la altura de nuestro deseo y de nuestra esperanza, si no llega a habitar “este milagro del alma”, que es la fuerza y la persuasión de la fidelidad, que no dejan de encantarnos y de sorprendernos.
Y añadió que ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si no lo hace la familia, así como ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si la relación personal entre amor y generación no se la escribe en nuestra carne.
Hacia el final de su catequesis el Papa pidió que Dios nos conceda estar a la altura de semejante promesa e invitó a rezar por los Padres Sinodales para que el Señor bendiga su trabajo.

Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
En la meditación pasada hemos reflexionado sobre las importantes promesas que los padres hacen a los niños, desde que ellos son pensados en el amor y concebidos en el vientre.
Podemos agregar que, mirando bien, la entera realidad familiar está fundada sobre la promesa -pensemos bien esto-, la realidad familiar está fundada sobre la promesa: se puede decir que la familia vive de la promesa de amor y de fidelidad que el hombre y la mujer hacen el uno a la otra. Esta implica el compromiso de recibir y educar a los hijos; pero actúa también en el cuidado de los padres ancianos, en el proteger y cuidar los miembros más débiles de la familia, en el ayudarse el uno al otro para realizar las propias cualidades y aceptar los propios límites. Y la promesa conyugal se amplía al compartir las alegrías y los sufrimientos de todos los padres, las madres, los niños, con generosa apertura en la humana convivencia y el bien común. Una familia que se encierra en sí misma es como una contradicción, una mortificación de la promesa que la ha hecho nacer y la hace vivir. No olviden nunca. ¡La identidad de la familia siempre es una promesa que se alarga y se alarga a toda la familia y a toda la humanidad!
En nuestros días, el honor a la fidelidad de la promesa de la vida familiar aparece muy debilitada. Por una parte, por un derecho mal entendido de buscar la propia satisfacción, a toda costa y en cualquiera relación, es exaltado como un principio no negociable de la libertad. Por otra parte, porque se confían exclusivamente a la obligación de la ley los vínculos de la vida de relación y del compromiso por el bien común. Pero, en realidad, ninguno quiere ser amado solo por sus propios bienes o por obligación. El amor, como también la amistad, deben su fuerza y su belleza a este hecho: que generan un vínculo sin quitar la libertad. El amor es libre, la promesa de la familia es libre, y esta es la belleza. Sin libertad no puede haber amistad, sin libertad no hay amor, sin libertad no hay matrimonio.
Por lo tanto, libertad y fidelidad no se oponen la una a la otra, más bien se sostienen mutuamente, sea en las relaciones interpersonales, sea en las sociales. De hecho, pensamos a los daños que producen, en la civilización de la comunicación global, la inflación de promesas incumplidas, en varios campos, ¡y la indulgencia por la infidelidad a la palabra dada y a los compromisos adquiridos!
Si, queridos hermanos y hermanas, la fidelidad es una promesa de compromiso autocumplida, creciendo en la libre obediencia a la palabra dada. La fidelidad es una confianza que “quiere” ser realmente compartida, y una esperanza que “quiere” ser cultivada juntos. Y hablando de fidelidad me viene a la mente aquello que nuestros ancianos, nuestros abuelos cuentan “ay aquellos tiempos, cuando se hacía un acuerdo, un apretón de mano, era suficiente", porque había fidelidad a las promesas. Y esto que es un hecho social también tiene el origen en la familia, en el apretón de manos del hombre y de la mujer para ir hacia adelante juntos toda la vida.
La fidelidad a las promesas son ¡una verdadera obra de arte de humanidad! Si miramos a su audaz belleza, estamos asustados, pero si despreciamos su valiente tenacidad, estamos perdidos. Ninguna relación de amor -ninguna amistad, ninguna forma de querer bien, ninguna felicidad del bien común- alcanza la altura de nuestro deseo y de nuestra esperanza, si no llega a habitar este milagro del alma. Y digo “milagro”, porque la fuerza y la persuasión de la fidelidad, a pesar de todo, no terminan de encantar y de sorprendernos. El honor a la palabra dada, la fidelidad a la promesa, no se pueden comprar ni vender. No se pueden obligar con la fuerza, y ni siquiera cuidar sin sacrificio.

Ninguna otra escuela puede enseñar la verdad del amor, si la familia no lo hace. Ninguna ley puede imponer la belleza y la herencia de este tesoro de la dignidad humana, si el vínculo personal entre amor y generación no la escribe la verdad del amor en nuestra carne.
Hermanos y hermanas, es necesario restituir honor social a la fidelidad del amor, ¡restituir honor social a la fidelidad del amor!. Es necesario sustraer de la clandestinidad el milagro cotidiano de millones de hombres y mujeres que regeneran su fundamento familiar, del cual cada sociedad vive, sin estar en grado de garantizarlo en ningún otro modo. No por casualidad, este principio de la fidelidad a la promesa del amor y de la generación está escrito en la creación de Dios como una bendición perene, a la cual está confiado el mundo.
Si san Pablo puede afirmar que en el vínculo familiar está misteriosamente revelada una verdad decisiva también para el vínculo del Señor y de la Iglesia, quiere decir que la Iglesia misma encuentra aquí una bendición para cuidar y de la cual siempre aprender, antes de enseñarla y disciplinarla. Nuestra fidelidad a la promesa está aún siempre confiada a la gracia y a la misericordia de Dios. El amor por la familia humana, en las buenas y en las malas, ¡es un punto de honor para la Iglesia! Dios nos conceda estar a la altura de esta promesa. Y rezamos por los padres del Sínodo: el Señor bendiga su trabajo, realizado con fidelidad creativa, en la confianza que Él en primer lugar, el Señor, -Él en primer lugar-, es fiel a sus promesas. Gracias.
(Traducción por Mercedes De La Torre – Radio Vaticano).
MAS: http://es.radiovaticana.va/news/2015/10/21/es_necesario_restituir_honor_social_a_la_fidelidad_del_amor/1180784

martes, 20 de octubre de 2015

Los misericordiosos leones de Nerón - P. Santiago MARTIN (FM)

Lewis Hamilton, doble campeón mundial de Fórmula 1: «Mi talento es un don de Dios, soy católico»

A veces, Lewis Hamilton tiene falsos aires de Ayrton Senna, sobre todo en estilo de conducción, en su lado a veces intrépido y en su fe, que no esconde. 

En las carreras lleva un crucifijo al cuello, que toma antes de tomar el volante de su monoplaza, y reza antes del Grand Prix, el premio crucial de la temporada.

En sus brazos, también lo reflejan imponentes tatuajes: un crucifijo, Jesús, la Virgen María,…

“Mi fe es muy importante para mí”, confiesa el ahora doble campeón del mundo, que acaba de comenzar la temporada 2015 de Fórmula 1 con una victoria frente a su compañero de equipo. 

El año pasado, en el Grand Prix de Shangai, se le podía ver con una camiseta negra en la que aparecía la corona de espinas de Cristo en la cruz.

Su talento, ¿un don de Dios?
En 2012, el joven campeón declaró a la BBC: “Hay que mantener la esperanza, creer que hay un plan. Creo que Dios tiene un plan para mí, pero no sé cuál”.

“Creo realmente que mi talento es un don de Dios y estoy convencido de ser bendecido.Pero también he trabajado mucho para llegar a donde estoy”, afirmó hace unos años.



Realmente su trabajo no es algo de un día: a los 9 años no lo dudó y fue a ver al legendario Ron Dennis, entonces patrón del equipo McLaren, para pedirle un autógrafo… ¡y un volante!

“Buenos días, yo soy Lewis Hamilton y he ganado el campeonato de Inglaterra. Un día me gustaría pilotar uno de sus coches”, le dijo. Ron Dennis le recomendó llamarle cuando creciera.

Pero cuatro años después, el joven prodigio del volante estaba integrado en las filas de desarrollo de este prestigioso equipo de Fórmula 1. Un récord de precocidad en la disciplina, y una apuesta de éxito: en 2008, recogió su primer título mundial bajo los colores de McLaren.

Piloto y embajador de marcas de lujo y deportivas, Lewis Hamilton es también un hijo y un hermano atento.

Una familia muy creyente
El piloto, nacido y criado en Stevenage, en Gran Bretaña, fue bautizado a los dos años.“Siempre he sido practicante y soy católico”, explicó hace unos meses en Alemania, en una entrevista al periódico español El País.

“Cuando era pequeño, íbamos cada semana a la iglesia. Pero cuando empecé la competición, ya no podía, porque tenía carreras”,explica.

“Yo, mis padres, mi familia, todos somos muy creyentes–añade-. Siento mi fe como algo muy cercano, especialmente estos dos últimos años, por eso hablo de ello con tanta libertad”.



Su mayor ejemplo: su hermano
Fiel a su fe, a su educación y a su familia, Lewis Hamilton se instaló en Suiza, más por razones fiscales que por el clima, pero trabaja día a día con sus padres: su padre es su agente, su madre gestiona toda la logística inherente a una vida de campeón de Fórmula 1.

“Mi familia desempeña una función crucial en mi vida –confirma-. Me ayuda, me cuida, y me libera de una parte del peso generado por el hecho de ser piloto de Fórmula 1”.

Pero es también junto a su hermano pequeño, Nicholas, como el joven campeón tiene apoyo y energía: nacido con una parálisis cerebral que le ha dejado secuelas, sigue siendo su fuente de inspiración, como él mismo reconoce.

“Es una de las mejores personas que conozco, y creo que todo el mundo en el universo de la Fórmula 1 reconoce que es alguien increíble–dice-. Es maravilloso, muy maduro para su edad; me enseña muchas cosas, aunque yo soy el hermano mayor y en principio debería ser al revés…”.

¿Es Lewis Hamilton un campeón del mundo de Fórmula 1 dotado de un verdadero suplemento de alma en este mundillo hecho de ego, gloria y dinero?