viernes, 31 de octubre de 2014

Conferencia Entre la Ciencia y la Fe -Completa-. Dr. Ricardo Castañon

¡El amor y no el apego a la ley abre la puerta de la esperanza!

(RV).- «El camino del amor a la justicia, lleva a Dios». El Papa Francisco habló en su homilía de la misa matutina, de este viernes,  en la Casa Santa Marta, sobre los cristianos tan apegados a la ley, que descuidan la justicia y los cristianos ligados al amor, que dan pleno cumplimiento a la ley.
Recordando que en el Evangelio del día, Jesús pregunta a los fariseos: «¿Está permitido curar en sábado o no?», pero ellos no responden. Y que entonces Jesús toma de la mano al enfermo y  lo cura, el Papa señaló que los fariseos puestos ante la verdad, callaban, «pero luego chismeaban a sus espaldas... buscaban la forma de que cayera». Jesús reprende a esa gente que «estaba tan apegada a la ley, que se había olvidado de la justicia», e incluso negaba la ayuda a los padres ancianos con el pretexto de haberlo dado todo como donativo para el Templo. Pero «¿quién es más importante? »- pregunta el Santo Padre - «¿el cuarto mandamiento o el Templo?»:
«Este camino de vivir apegados a la ley, los alejaba del amor y de la justicia. Cuidaban la ley y descuidaban la justicia. Cuidaban la ley y descuidaban el amor. Eran modelos, eran los modelos. Y Jesús para esta gente encuentra sólo una palabra: hipócritas. Por un lado, das la vuelta al mundo en busca de prosélitos: buscan. ¿Y después? Cierran la puerta. Hombres de cerrazón,  tan apegados a la ley, la letra de la ley, no a la ley, porque la ley es amor; sino a la letra de la ley, que siempre cerraban las puertas de la esperanza, del amor y de la salvación... Hombres que sólo sabían cerrar».
«El camino para ser fieles a la ley, sin descuidar la justicia, sin descuidar el amor es el camino contrario», destacó el Papa Francisco, citando la Carta de San Pablo a los Filipenses: «es el camino contrario: del amor a la integridad; del amor al discernimiento; del amor a la ley»:
«Éste es el camino que Jesús nos enseña, totalmente opuesto al  de los doctores de la ley. Y este camino del amor a la justicia, lleva a Dios. En cambio, el otro camino, el de estar pegados únicamente a la ley, a la letra de la ley, lleva al cierre, al egoísmo. El camino que va desde el amor al conocimiento y al discernimiento, al cumplimiento pleno, conduce a la santidad, a la salvación, al encuentro con Jesús. Mientras que, el otro camino lleva al egoísmo, a la soberbia de sentirse justos, a aquella santidad entre comillas, de las apariencias ¿no? Jesús le dice a esta gente: ‘Pero, les gusta hacerse ver como hombres de oración, de ayuno...: para mostrarse, ¿no? Y es por eso que Jesús dice a la gente: hagan lo que dicen, pero no lo que hacen».
Éstos «son los dos caminos y hay pequeños gestos de Jesús que nos hacen comprender el camino desde el amor al conocimiento y al discernimiento». Jesús nos toma de la mano y nos sana:
«Jesús se acerca: la cercanía es la prueba de que vamos por el camino verdadero. Porque es precisamente el camino que Dios ha elegido para salvarnos: la cercanía. Él se acercó a nosotros, se hizo hombre. La carne: la carne de Dios es el signo; la carne de Dios es el signo de la verdadera justicia. Dios que se hizo hombre como uno de nosotros, y nosotros que tenemos que hacernos como los otros, como los necesitados, como aquellos que necesitan nuestra ayuda».
«La carne de Jesús» - reiteró el Papa - «es el puente que nos acerca a Dios ... no la letra de la ley: ¡no! En la carne de Cristo, la ley tiene su cumplimiento pleno» y «es una carne que es capaz de sufrir, que ha dado su vida por nosotros». «Que estos ejemplos, este ejemplo de cercanía de Jesús, del amor, de la plenitud de la ley – concluyó el Papa Francisco – nos ayuden a no caer nunca en la hipocresía: nunca. Es tan feo ser un cristiano hipócrita. Tan feo. ¡Que Dios nos salve de esto!» (CdM – RV)

jueves, 30 de octubre de 2014

Papa en Santa Marta: La vida cristiana es una batalla continua contra el...

(RV).- La vida cristiana es un «combate» contra el demonio, el mundo y las pasiones de la carne, recordó el Papa Francisco, en la Misa matutina, de este jueves en la Capilla de la Casa de Santa Marta. Reflexionando sobre la Carta de San Pablo a los Efesios, reiteró que el diablo existe y «debemos luchar contra él», con la «armadura» de la verdad. Fortaleza y valentía en el Señor. El Santo Padre centró su homilía en las palabras de San Pablo que, dirigiéndose a los Efesios, «desarrolla en un lenguaje militar la vida cristiana». Y subrayando que «la vida en Dios se debe defender, se debe luchar para llevarla adelante», hizo hincapié en que se necesita fortaleza y valentía «para resistir y anunciar». Para «ir adelante en la vida espiritual se debe combatir. No es una simple lucha, sino un combate continuo», volvió a reiterar el Papa, recordando luego que «los enemigos de la vida cristiana» son tres: «el demonio, el mundo y la carne». Es decir nuestras pasiones «que son las heridas del pecado original». Por cierto, destacó también el Obispo de Roma, «la salvación que nos da Jesús es gratuita», pero estamos llamados a defenderla:
«¿De qué me tengo que defender? ¿Qué tengo que hacer? ‘Revístanse con la armadura de Dios’ nos dice Pablo. Es decir que lo que es de Dios nos defiende, para resistir a las insidias del diablo. ¿Está claro? Claro. No se puede pensar en una vida espiritual, en una vida cristiana, sin revestirse de esta armadura de Dios, que nos da fuerza y nos defiende».
San Pablo subraya que esta lucha nuestra no es contra las cosas pequeñas, «sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal».  «Es decir, contra el diablo y los suyos», insistió el Papa Bergoglio, señalando que «sin embargo a esta generación y a muchas otras se les ha hecho creer que el diablo era un mito, una figura, una idea, la idea del mal ¡pero el diablo existe y nosotros debemos combatir contra él! ¡lo dice San Pablo, no lo digo yo! ¡Lo dice la Palabra de Dios! Aunque no estamos muy convencidos de ello». Además «San Pablo dice cómo es la armadura de Dios, cuáles son las diversas armaduras, que conforman esta armadura de Dios. Y señala: «Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza». Ésta es la armadura de Dios: la verdad».
Recordando que «el diablo es mentiroso, es el padre de los mentirosos, el padre de la mentira», y reiterando con San Pablo, que hay que estar «ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza», el Santo Padre volvió a destacar que «no se puede ser cristianos, sin trabajar continuamente para ser justos. No se puede». Nos ayudaría mucho preguntarnos ¿creo o no creo? ¿creo un poco sí y un poco no? ¿soy un poco mundano y un poco creyente? «Sin fe no se puede ir adelante, no se puede defender la salvación de Jesús», insistió el Papa, haciendo hincapié en que «necesitamos el escudo de la fe, porque el diablo no nos tira flores, sino flechas encendidas, para asesinarnos». Por lo que exhortó a «tomar el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios». Y a «elevar constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animadas por el Espíritu»:
«La vida cristiana es una lucha, una lucha bellísima, porque cuando el Señor vence en cada paso de nuestra vida, nos da una alegría, una felicidad grande: esa alegría que el Señor ha vencido en nosotros, con la gratuidad de su salvación. Pero sí, todos somos un poco perezosos, no, en la lucha, y nos dejamos llevar por las pasiones, por algunas tentaciones. Es porque somos pecadores ¡todos! Pero no se desalienten. Ánimo, valentía y fortaleza, porque el Señor está con nosotros»


miércoles, 29 de octubre de 2014

"Construir la comunidad cristiana"

La Iglesia debe hacerse cercana a cada persona, comenzando por los más pobres

(RV).- El Papa celebró esta mañana a las 10,30 su tradicional audiencia general, en la Plaza de San Pedro, ante la presencia de varios miles de fieles y peregrinos procedentes de numerosos países, deseosos de escuchar su catequesis y de recibir su bendición apostólica.
 En su catequesis el Pontífice se refirió a la Iglesia en su calidad de realidad visible y espiritual, tras haber hablado de su naturaleza espiritual como Cuerpo de Cristo edificado por el Espíritu Santo.
Francisco destacó que lo visible y lo invisible de la Iglesia no se oponen, sino que se integran en la única Iglesia; lo que es un reflejo del misterio de la persona de Cristo, en la que su naturaleza divina es inseparable de su naturaleza humana, que se pone enteramente al servicio del plan divino de llevar a todos la redención y la salvación.
De ahí que también la Iglesia – dijo el Santo Padre – a través de su realidad visible, como los sacramentos, el testimonio y el anuncio, está llamada a hacerse cercana a cada persona, comenzando por los más pobres, los que sufren o los marginados, para que todos sientan la mirada compasiva y misericordiosa de Jesús.
Y concluyó invitando a pedir, por intercesión de la Virgen María, que comprendamos cómo, a pesar de nuestras debilidades, el Señor nos ha hecho instrumentos de su gracia y signo visible de su amor para toda la humanidad.

Texto completo de la catequesis del Papa
La Iglesia: realidad visible y espiritual
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En las catequesis precedentes hemos tenido la oportunidad de evidenciar cómo la Iglesia tiene una naturaleza espiritual: es el cuerpo de Cristo, edificado en el Espíritu Santo. Pero cuando nos referimos a la Iglesia, inmediatamente el pensamiento va a nuestras comunidades, a nuestras parroquias, a nuestras diócesis, a las estructuras en las cuales habitualmente nos reunimos y, obviamente, también a los componentes y a las figuras más institucionales que la rigen, que la gobiernan. Esta es la realidad visible de la Iglesia.  Entonces debemos preguntarnos: ¿se trata de dos cosas diversas o de la única Iglesia? Y, si es siempre la única Iglesia, ¿cómo podemos entender la relación entre su realidad visible y aquella espiritual?
1.    En primer lugar, cuando hablamos de la realidad visible – hemos dicho que son dos, ¿no? La realidad visible de la Iglesia, la que se ve, y la realidad espiritual. Cuando hablamos de la realidad visible  de la Iglesia, no debemos pensar solamente al Papa, a los Obispos, a los sacerdotes, a las religiosas y a todas las personas consagradas. La realidad visible de la Iglesia está constituida por los tantos hermanos y hermanas bautizados que en el mundo creen, esperan y aman. Pero tantas veces escuchamos decir: “pero la Iglesia no hace esto, la Iglesia no hace alguna otra cosa...” Pero dime: ¿quién es la Iglesia?  “Son los sacerdotes, los Obispos, el Papa”. ¡La Iglesia somos todos, todos, todos nosotros! ¡Todos los bautizados somos la Iglesia, la Iglesia de Jesús!  Todos aquellos que siguen al Señor Jesús y que, en su nombre, se hacen cercanos a los últimos y a los sufrientes, tratando de ofrecer un poco de alivio, de consuelo y de paz. ¡Todos, todos los que hacen lo que el Señor nos ha mandado, todos los que hacen eso son la Iglesia!
Comprendemos entonces que también la realidad visible de la Iglesia no es mensurable, no es conocible en toda su plenitud: ¿cómo se hace para conocer todo el bien que se hace? Tantas obras de amor, tanta fidelidad en las familias, tanto trabajo para educar a los hijos, para llevarlos adelante, para transmitir la fe, tanto sufrimiento en los enfermos que ofrecen su sufrimiento al Señor. ¡Esto no se puede medir! ¡Es tan grande, tan grande! ¿Cómo se hace para conocer todas las maravillas que, a través de nosotros, Cristo logra obrar en el corazón y en la vida de cada persona? Miren: también la realidad visible de la Iglesia va más allá de nuestro control, va más allá de nuestras fuerzas, y es una realidad misteriosa, porque viene de Dios. 
2.    Para comprender la relación en la Iglesia, la  relación entre su realidad visible y aquella espiritual, no hay otro camino que mirar a Cristo, del cual la Iglesia constituye el cuerpo y del cual ella es generada, en un acto de infinito amor. También en Cristo, en efecto, en virtud del misterio de la Encarnación, reconocemos una naturaleza humana y una naturaleza divina, unidas en la misma persona en modo admirable e indisoluble. Esto vale en modo análogo también para la Iglesia. Y como en Cristo la naturaleza humana secunda plenamente aquella divina y se pone a su servicio, en función del cumplimiento de la salvación, así sucede en la Iglesia, por su realidad visible, con respecto a aquella espiritual. Por lo tanto, también la Iglesia es un misterio en el cual lo que no se ve es más importante de lo que se ve y puede ser reconocido sólo con los ojos de la fe (cfr Cost. Dogm. sobre la Iglesia Lumen Gentium, 8). 
    3.    En el caso de la Iglesia, sin embargo, debemos preguntarnos: ¿cómo puede la realidad visible ponerse al servicio de aquella espiritual? Una vez más, podemos comprenderlo mirando a Cristo: Cristo es el modelo, es el modelo de la Iglesia porque la Iglesia es su Cuerpo. Es el modelo de todos los cristianos, de todos nosotros. Cuando se mira a Cristo no nos equivocamos. En el Evangelio de Lucas se cuenta cómo Jesús, de vuelta en Nazaret,  - hemos oído esto - donde había crecido, entró en la sinagoga y leyó, refiriéndose a sí mismo, el pasaje del profeta Isaías, donde está escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la Buena Noticia a los pobres; me ha enviado a anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, para proclamar el año de gracias del Señor” (4,18-19). He aquí cómo Cristo se sirvió de su humanidad  - porque también era hombre -, para anunciar y realizar el diseño divino de redención y de salvación - porque era Dios -, así debe ser también la Iglesia. A través de su realidad visible, de todo lo que se ve, los sacramentos y el testimonio de todos nosotros cristianos, la Iglesia es llamada cada día a hacerse cercana a cada hombre, comenzando por quien es pobre, por quien sufre y por quien es marginado, de modo de continuar a hacer sentir sobre todos la mirada compasiva y misericordiosa de Jesús.  
Queridos hermanos y hermanas, a menudo como Iglesia experimentamos nuestra fragilidad y nuestros límites. Todos lo somos, todos los tenemos. Todos somos pecadores, ¿todos eh? Ninguno de nosotros puede decir: “yo no soy pecador”. Pero si alguno siente que no es pecador, que levante la mano, ¿veamos cuántos? No se puede. Todos lo somos. Y esta fragilidad, estos límites, éstos nuestros pecados, es justo que procuren en nosotros un profundo pesar, sobre todo cuando nos damos mal ejemplo y nos damos cuenta de convertirnos en motivo de escándalo. Pero cuántas veces hemos oído, en el barrio: “aquella persona, está siempre en la Iglesia, pero habla mal de todos, saca el cuero a todos”. Pero qué mal ejemplo, ¿eh? Hablar mal del otro. Esto no es cristiano, es un mal ejemplo: es un pecado. Y así nosotros damos un mal ejemplo: “Eh, digamos, si éste o ésta es cristiano yo me hago ateo”. Porque nuestro testimonio es lo que hace comprender lo que es ser cristiano. Pidamos no ser motivo de escándalo. Pedimos entonces el don de la fe, para que podamos comprender cómo, no obstante nuestra pequeñez y nuestra pobreza, el Señor nos ha hecho realmente instrumento de gracia y signo visible de su amor por toda la humanidad. Podemos convertirnos en un motivo de escándalo, sí. Pero también podemos convertirnos en motivo de testimonio, ser testigos que con nuestra vida decimos: así quiere Jesús que nosotros hagamos. Gracias.