viernes, 19 de octubre de 2012

Ley del aborto es una herida para Uruguay

MONTEVIDEO, 18 Oct. 12 / 10:18 pm (ACI/EWTN Noticias).- La Vicaría de Familia y Vida de la Arquidiócesis de Montevideo (Uruguay), señaló que la ley del aborto aprobada por el Senado es una herida para el país, que se enorgullece de haber abolido la pena de muerte, pero que ahora condena a los no nacidos.




“Los diversos eufemismos con los que se disfraza esta ley no quitan nada a la gravedad de lo aprobado. Es un día triste para el Uruguay, un país que fue refugio de tanta gente que vino en busca de nuevas oportunidades, una sociedad donde muchos encontraron motivos para seguir viviendo, hoy niega a otros uruguayos el derecho a vivir. La ley aprobada hoy por el Senado es una herida a la nación”, afirmó en un comunicado.

Asimismo, indicó que esta ley no solo contradice la Constitución y el Pacto de San José de Costa Rica, sino que “es una agresión al ser humano más inocente, y por lo tanto a la sociedad uruguaya en su conjunto y es una ofensa a Dios Creador”.

“La Iglesia comprende el drama que muchas parejas y especialmente muchas mujeres viven frente a un embarazo no deseado, pero siempre ha entendido que esta situación desafía a los mismos involucrados, a las familias, a la sociedad civil y a las autoridades, a buscar soluciones que respeten la vida”, señaló.

En su comunicado, la Vicaría reiteró su confianza en Jesucristo y reafirmó que la Iglesia continuará “mirando con esperanza nuestro futuro, y contribuyendo a la defensa de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural”.

sábado, 13 de octubre de 2012

El testimonio de un padre conciliar de 97 años

Obispo italiano Felice Leonardo recuerda los días del Vaticano II

Por Luca Marcolivio

ROMA, sábado 13 octubre 2012 (ZENIT.org) - Monseñor Felice Leonardo, es uno de los obispos italianos que participaron en el Concilio Vaticano II. Con 97 años de edad, el ahora obispo emérito de Cerreto Sannita-Telese-Santa Ágata de Goti, es el más anciano de los que asistieron el jueves a la celebración eucarística en San Pedro por los 50 años de la apertura del Concilio.

Antes de dirigirse a la Audiencia de ayer, y posterior almuerzo del papa con sus selectos invitados, ZENIT conversó con este padre conciliar, quien nos manifestó con humildad de sentirse “honrado” por la entrevista. Así, monseñor Leonardo, más lúcido que nunca y lleno de ironía, nos hizo revivir en una conversación breve y agradable, momentos de su ilustre pasado.

¿Cuál fue su reacción cuando, en 1959, el hoy beato Juan XXIII anunció la convocatoria de un nuevo concilio?

- Monseñor Leonardo: La noticia de la convocatoria a un nuevo Concilio causó sensación porque el Concilio anterior --el Vaticano I--, se había celebrado 90 años antes (1869-70), por lo que ninguno de nosotros tenía experiencia alguna en este sentido.

En lo personal, ¿cómo vivió los años de las sesiones conciliares?

- Monseñor Leonardo: Yo tenía 47 años y era uno de los obispos más jóvenes. Acababa de terminar los estudios, pero eso no me exceptuaba de la reflexión continua y de la relación con los padres conciliares.Todas las tardes, con los otros obispos y los laicos comprometidos, se continuaba la discusión. Lo que se definía o se discutía en la mañana era sometido a una consideración posterior hasta la noche. Había discusión más allá del aula…


Hubo mucho diálogo…

- Monseñor Leonardo: Se pedía y se obtenía la palabra por escrito; llegado el propio turno, el obispo tenía a disposición de 3 a 5 minutos, para expresar fielmente lo que pensaba (en aquel tiempo no se perdían en palabras como hoy...). Se presentaba por escrito la propia intervención, y luego un comité especial revisaba lo que se había dicho y se comparaba con lo que se habría dicho después. En resumen, la discusión era una actividad continua. Cuando llegaba el día de la votación, si yo no tenía algo claro, ¡la noche anterior no podía conciliar el sueño! Además, en ninguna votación se llegaba a la unanimidad. El voto pasaba a la comisión, luego a los tres presidentes, y así sucesivamente.

¿Algún recuerdo en particular o curiosidad de esos tres años?

-Monseñor Leonardo: Se sabía que el Concilio no sería breve, así que nos preparamos para una larga estancia en Roma. Estábamos esparcidos por toda la ciudad: el conocimiento que ya teníamos nos ayudó para alojarnos. Por ejemplo, yo estaba en una institución de religiosas donde residían la mayoría de los sobrevivientes de la China; para mí fue útil conocer la realidad china de la voz de los que lo vivieron. De vez en cuando, sea a través de cartas o con nuestra presencia, volvíamos a nuestras diócesis. Cada semana comunicaba a la diócesis los hechos y las deliberaciones del Concilio.Y cada dos o tres semanas volvía a la diócesis, regresando a Roma con un conductor que, en tres años nunca aprendió el camino a mi alojamiento (risas)...

¿Cuál es la mayor enseñanza que recibió de su participación en el Concilio Vaticano II?

-Monseñor Leonardo: El Concilio nos ha enseñado a pensar y a no creernos "sabios", sino confrontarnos siempre. También he aprendido lo que significa el "diálogo": no es uno que habla y el otro que escucha, sino que todos escuchan y responden, expresando su asentimiento o disentimiento.

¿Cuánto cambió su vida pastoral por este acontecimiento? ¿Qué le puede enseñar a los más jóvenes?

-Monseñor Leonardo: Cambió mi actividad pastoral, mi actitud hacia el clero y los laicos, como la de todos los obispos y sacerdotes…, que han cambiado radicalmente. ¡Hoy en día, ustedes los laicos cuentan mucho más!

jueves, 11 de octubre de 2012

Peregrinar en desiertos del mundo para evangelizar

VATICANO, 11 Oct. 12 / 11:01 am.

Venerables hermanos,

Queridos hermanos y hermanas

Hoy, con gran alegría, a los 50 años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II, damos inicio al Año de la fe. Me complace saludar a todos, en particular a Su Santidad Bartolomé I, Patriarca de Constantinopla, y a Su Gracia Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury. Un saludo especial a los Patriarcas y a los Arzobispos Mayores de las Iglesias Católicas Orientales, y a los Presidentes de las Conferencias Episcopales.

Para rememorar el Concilio, en el que algunos de los aquí presentes –a los que saludo con particular afecto– hemos tenido la gracia de vivir en primera persona, esta celebración se ha enriquecido con algunos signos específicos: la procesión de entrada, que ha querido recordar la que de modo memorable hicieron los Padres conciliares cuando ingresaron solemnemente en esta Basílica; la entronización del Evangeliario, copia del que se utilizó durante el Concilio; y la entrega de los siete mensajes finales del Concilio y del Catecismo de la Iglesia Católica, que haré al final, antes de la bendición.

Estos signos no son meros recordatorios, sino que nos ofrecen también la perspectiva para ir más allá de la conmemoración. Nos invitan a entrar más profundamente en el movimiento espiritual que ha caracterizado el Vaticano II, para hacerlo nuestro y realizarlo en su verdadero sentido. Y este sentido ha sido y sigue siendo la fe en Cristo, la fe apostólica, animada por el impulso interior de comunicar a Cristo a todos y a cada uno de los hombres durante la peregrinación de la Iglesia por los caminos de la historia.

El Año de la fe que hoy inauguramos está vinculado coherentemente con todo el camino de la Iglesia en los últimos 50 años: desde el Concilio, mediante el magisterio del siervo de Dios Pablo VI, que convocó un «Año de la fe» en 1967, hasta el Gran Jubileo del 2000, con el que el beato Juan Pablo II propuso de nuevo a toda la humanidad a Jesucristo como único Salvador, ayer, hoy y siempre. Estos dos Pontífices, Pablo VI y Juan Pablo II, convergieron profunda y plenamente en poner a Cristo como centro del cosmos y de la historia, y en el anhelo apostólico de anunciarlo al mundo. Jesús es el centro de la fe cristiana. El cristiano cree en Dios por medio de Jesucristo, que ha revelado su rostro. Él es el cumplimiento de las Escrituras y su intérprete definitivo. Jesucristo no es solamente el objeto de la fe, sino, como dice la carta a los Hebreos, «el que inició y completa nuestra fe» (12,2).
El evangelio de hoy nos dice que Jesucristo, consagrado por el Padre en el Espíritu Santo, es el verdadero y perenne protagonista de la evangelización: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado a evangelizar a los pobres» (Lc 4,18). Esta misión de Cristo, este dinamismo suyo continúa en el espacio y en el tiempo, atraviesa los siglos y los continentes. Es un movimiento que parte del Padre y, con la fuerza del Espíritu, lleva la buena noticia a los pobres en sentido material y espiritual. La Iglesia es el instrumento principal y necesario de esta obra de Cristo, porque está unida a Él como el cuerpo a la cabeza. «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20,21). Así dice el Resucitado a los discípulos, y soplando sobre ellos, añade: «Recibid el Espíritu Santo» (v. 22).

Dios por medio de Jesucristo es el principal artífice de la evangelización del mundo; pero Cristo mismo ha querido transmitir a la Iglesia su misión, y lo ha hecho y lo sigue haciendo hasta el final de los tiempos infundiendo el Espíritu Santo en los discípulos, aquel mismo Espíritu que se posó sobre él y permaneció en él durante toda su vida terrena, dándole la fuerza de «proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista»; de «poner en libertad a los oprimidos» y de «proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4,18-19).

El Concilio Vaticano II no ha querido incluir el tema de la fe en un documento específico. Y, sin embargo, estuvo completamente animado por la conciencia y el deseo, por así decir, de adentrase nuevamente en el misterio cristiano, para proponerlo de nuevo eficazmente al hombre contemporáneo.

A este respecto se expresaba así, dos años después de la conclusión de la asamblea conciliar, el siervo de Dios Pablo VI: «Queremos hacer notar que, si el Concilio no habla expresamente de la fe, habla de ella en cada página, al reconocer su carácter vital y sobrenatural, la supone íntegra y con fuerza, y construye sobre ella sus enseñanzas. Bastaría recordar [algunas] afirmaciones conciliares… para darse cuenta de la importancia esencial que el Concilio, en sintonía con la tradición doctrinal de la Iglesia, atribuye a la fe, a la verdadera fe, a aquella que tiene como fuente a Cristo y por canal el magisterio de la Iglesia» (Audiencia general, 8 marzo 1967). Así decía Pablo VI, en 1967.

Pero debemos ahora remontarnos a aquel que convocó el Concilio Vaticano II y lo inauguró: el beato Juan XXIII. En el discurso de apertura, presentó el fin principal del Concilio en estos términos: «El supremo interés del Concilio Ecuménico es que el sagrado depósito de la doctrina cristiana sea custodiado y enseñado de forma cada vez más eficaz… La tarea principal de este Concilio no es, por lo tanto, la discusión de este o aquel tema de la doctrina… Para eso no era necesario un Concilio... Es preciso que esta doctrina verdadera e inmutable, que ha de ser fielmente respetada, se profundice y presente según las exigencias de nuestro tiempo» (AAS 54 [1962], 790. 791-792). Así decía el Papa Juan en la inauguración del Concilio.

A la luz de estas palabras, se comprende lo que yo mismo tuve entonces ocasión de experimentar: durante el Concilio había una emocionante tensión con relación a la tarea común de hacer resplandecer la verdad y la belleza de la fe en nuestro tiempo, sin sacrificarla a las exigencias del presente ni encadenarla al pasado: en la fe resuena el presente eterno de Dios que trasciende el tiempo y que, sin embargo, solamente puede ser acogido por nosotros en el hoy irrepetible.

Por esto mismo considero que lo más importante, especialmente en una efeméride tan significativa como la actual, es que se reavive en toda la Iglesia aquella tensión positiva, aquel anhelo de volver a anunciar a Cristo al hombre contemporáneo. Pero, con el fin de que este impulso interior a la nueva evangelización no se quede solamente en un ideal, ni caiga en la confusión, es necesario que ella se apoye en una base concreta y precisa, que son los documentos del Concilio Vaticano II, en los cuales ha encontrado su expresión.

Por esto, he insistido repetidamente en la necesidad de regresar, por así decirlo, a la «letra» del Concilio, es decir a sus textos, para encontrar en ellos su auténtico espíritu, y he repetido que la verdadera herencia del Vaticano II se encuentra en ellos. La referencia a los documentos evita caer en los extremos de nostalgias anacrónicas o de huidas hacia adelante, y permite acoger la novedad en la continuidad.

El Concilio no ha propuesto nada nuevo en materia de fe, ni ha querido sustituir lo que era antiguo. Más bien, se ha preocupado para que dicha fe siga viviéndose hoy, para que continúe siendo una fe viva en un mundo en transformación.

Si sintonizamos con el planteamiento auténtico que el beato Juan XXIII quiso dar al Vaticano II, podremos actualizarlo durante este Año de la fe, dentro del único camino de la Iglesia que desea continuamente profundizar en el depisito de la fe que Cristo le ha confiado.

Los Padres conciliares querían volver a presentar la fe de modo eficaz; y sí se abrieron con confianza al diálogo con el mundo moderno era porque estaban seguros de su fe, de la roca firme sobre la que se apoyaban. En cambio, en los años sucesivos, muchos aceptaron sin discernimiento la mentalidad dominante, poniendo en discusión las bases mismas del depositum fidei, que desgraciadamente ya no sentían como propias en su verdad.

Si hoy la Iglesia propone un nuevo Año de la fe y la nueva evangelización, no es para conmemorar una efeméride, sino porque hay necesidad, todavía más que hace 50 años. Y la respuesta que hay que dar a esta necesidad es la misma que quisieron dar los Papas y los Padres del Concilio, y que está contenida en sus documentos.
También la iniciativa de crear un Consejo Pontificio destinado a la promoción de la nueva evangelización, al que agradezco su especial dedicación con vistas al Año de la fe, se inserta en esta perspectiva. En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor.

Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es cómo podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa.

Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino.

La primera lectura nos ha hablado de la sabiduría del viajero (cf. Sir 34,9-13): el viaje es metáfora de la vida, y el viajero sabio es aquel que ha aprendido el arte de vivir y lo comparte con los hermanos, como sucede con los peregrinos a lo largo del Camino de Santiago, o en otros caminos, que no por casualidad se han multiplicado en estos años.

¿Por qué tantas personas sienten hoy la necesidad de hacer estos caminos? ¿No es quizás porque en ellos encuentran, o al menos intuyen, el sentido de nuestro estar en el mundo? Así podemos representar este Año de la fe: como una peregrinación en los desiertos del mundo contemporáneo, llevando consigo solamente lo que es esencial: ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni dos túnicas, como dice el Señor a los apóstoles al enviarlos a la misión (cf. Lc 9,3), sino el evangelio y la fe de la Iglesia, de los que el Concilio Ecuménico Vaticano II son una luminosa expresión, como lo es también el Catecismo de la Iglesia Católica, publicado hace 20 años.

Venerados y queridos hermanos, el 11 de octubre de 1962 se celebraba la fiesta de María Santísima, Madre de Dios. Le confiamos a ella el Año de la fe, como lo hice hace una semana, peregrinando a Loreto. La Virgen María brille siempre como estrella en el camino de la nueva evangelización.

Que ella nos ayude a poner en práctica la exhortación del apóstol Pablo: «La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente… Todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,16-17). Amén.

VER VIDEO DE LA SOLEMNE MISA DE APERTURA EN: http://player.rv.va/vaticanplayer.asp?language=it&tic=VA_59TT8HUT

lunes, 8 de octubre de 2012

¿Qué se hará durante el Sínodo de los Obispos?

CIUDAD DEL VATICANO, lunes 8 octubre 2012 (ZENIT.org).- Las próximas tres semanas serán días de intensa reflexión y trabajo para los asistentes a la XIII Asamblea del Sínodo de los Obispos. La misa de inauguración de ayer marcó la pauta con la homilía del santo padre Benedicto XVI, quien hizo una clara distinción entre la Nueva Evangelización y la Misión Ad gentes, aunque insistió sobre la necesidad de que ambas, junto al trabajo evangelizador que ya se realiza en las parroquias con los “practicantes”, se complementen y caminen juntas.


Hoy lunes comenzaron los trabajos en el aula sinodal con la Primera Congregación --o sesión--, que contó con la asistencia del papa, quien la preside por derecho. Durante la sesión de inauguración tomó la palabra el santo padre, así como el cardenal John Tong Hon, obispo de Hong Kong en China, presidente delegado de Benedicto XVI. También fue la ocasión para que el Secretario del Sínodo de los Obispos, monseñor Nikola Eterovic, diera su “Relación” –o informe ejecutivo desde el último Sínodo.

En camino al documento final

Tal como ha informado a la prensa la Secretaría del Sínodo, están previstas 23 Congregaciones Generales y 8 Sesiones de los Círculos menores. En la primera reunión, los miembros de los 12 Círculos menores, divididos según las lenguas oficiales del Sínodo, escogerán a un Moderador y un Relator. Como indica el nombre, el Moderador deberá moderar las discusiones, mientras que el Relator deberá exponer el contenido esencial de los resultados de dichas discusiones en la Congregación General del viernes 19 de octubre.
De entre los varios acontecimientos significativos, se han destacado los siguientes eventos:

-El primer día de los trabajos, 8 de octubre, está prevista también la relación del Relator General, en este caso el cardenal Donald William Wuerl, arzobispo de Washington, Estados Unidos. En la Sesión de la tarde están programadas breves intervenciones de representantes del episcopado de los cinco continentes sobre el tema de la Asamblea Sinodal. Estas deberían indicar en síntesis cómo han percibido el tema sinodal las realidades de las Iglesias particulares de cada continente.

-El 9 de octubre, en la Congregación General de la tarde, el cardenal Marc Ouellet PSS, prefecto de la Congregación para los Obispos, referirá acerca de la recepción de la Exhortación Apostólica Postsinodal Verbum Domini, resultado de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos que tuvo lugar en octubre de 2008.

-El miércoles 10 de octubre, su gracia Rowan Douglas Williams, arzobispo de Canterbury y primado de toda Inglaterra y de la Comunión Anglicana, en la Congregación General de la tarde, se dirigirá a la Asamblea para ilustrar desde el punto de vista anglicano el desafío de la nueva evangelización y de la transmisión de la fe cristiana.

-El viernes 12 de octubre, Werner Arber, profesor de Microbiología en el Biozentrum de la Universidad de Basilea, Suiza, y presidente de la Academia Pontificia de las Ciencias, expondrá algunas reflexiones sobre la relación entre ciencia y fe. También intervendrá en la Congregación General de la tarde. Las citadas intervenciones deberían animar el debate libre que está previsto para el final de cada Congregación General de la tarde.

Durante la celebración eucarística del 11 de octubre, el patriarca ecuménico Bartolomé I se dirigirá al obispo de Roma Benedicto XVI y a todos los participantes en la Santa Misa con la cual iniciará el Año de la Fe.

Al comienzo de los trabajos, los padres sinodales elegirán a los miembros de la Comisión del Mensaje, compuesta por doce miembros, de los cuales el presidente, el cardenal Giuseppe Betori, arzobispo de Florencia, Italia, y el vicepresidente, monseñor Luis Antonio G. Tagle, arzobispo de Manila, Filipinas, fueron nombrados por el santo padre. Su santidad nombrará a otros dos miembros, mientras que los ocho restantes serán elegidos por los padres sinodales.

Esta Comisión preparará un Mensaje (Nuntius) que una vez aprobado por los padres sinodales será publicado para informar al Pueblo de Dios sobre los temas tratados durante la Asamblea Sinodal.

domingo, 7 de octubre de 2012

Papa inicia el Sínodo de la Nueva Evangelización: "La Iglesia está para evangelizar"

Homilía de Benedicto XVI en la misa de apertura del Sínodo de los Obispos y proclamación del doctorado de san Juan de Ávila y santa Hildegarda de Bingen


CIUDAD DEL VATICANO, domingo 7 octubre 2012 (ZENIT.org).- En una solemne ceremonia, en este domingo XXVII del tiempo ordinario, en la plaza de San Pedro, Benedicto XVI proclamó doctores de la Iglesia a san Juan de Ávila, sacerdote diocesano, y a santa Hildegarda de Bingen, monja profesa de la Orden de San Benito. El santo padre presidió la celebración eucarística que abre la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre el tema "La nueva evangelización para la transmisión de le fe cristiana". Ofrecemos el texto en español de la homilía de Benedicto XVI.

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Venerables hermanos,

queridos hermanos y hermanas

Con esta solemne concelebración inauguramos la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que tiene como tema: La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Esta temática responde a una orientación programática para la vida de la Iglesia, la de todos sus miembros, las familias, las comunidades, la de sus instituciones. Dicha perspectiva se refuerza por la coincidencia con el comienzo del Año de la fe, que tendrá lugar el próximo jueves 11 de octubre, en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. Doy mi cordial bienvenida, llena de reconocimiento, a los que habéis venido a formar parte de esta Asamblea sinodal, en particular al Secretario general del Sínodo de los Obispos y a sus colaboradores. Hago extensivo mi saludo a los delegados fraternos de otras Iglesias y Comunidades Eclesiales, y a todos los presentes, invitándolos a acompañar con la oración cotidiana los trabajos que desarrollaremos en las próximas tres semanas.

Las lecturas bíblicas de la Liturgia de la Palabra de este domingo nos ofrecen dos puntos principales de reflexión: el primero sobre el matrimonio, que retomaré más adelante; el segundo sobre Jesucristo, que abordo a continuación. No tenemos el tiempo para comentar el pasaje de la carta a los Hebreos, pero debemos, al comienzo de esta Asamblea sinodal, acoger la invitación a fijar los ojos en el Señor Jesús, «coronado de gloria y honor por su pasión y muerte» (Hb 2,9). La Palabra de Dios nos pone ante el crucificado glorioso, de modo que toda nuestra vida, y en concreto la tarea de esta asamblea sinodal, se lleve a cabo en su presencia y a la luz de su misterio. La evangelización, en todo tiempo y lugar, tiene siempre como punto central y último a Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios (cf. Mc 1,1); y el crucifijo es por excelencia el signo distintivo de quien anuncia el Evangelio: signo de amor y de paz, llamada a la conversión y a la reconciliación. Que nosotros venerados hermanos seamos los primeros en tener la mirada del corazón puesta en él, dejándonos purificar por su gracia.

Quisiera ahora reflexionar brevemente sobre la «nueva evangelización», relacionándola con la evangelización ordinaria y con la misión ad gentes. La Iglesia existe para evangelizar. Fieles al mandato del Señor Jesucristo, sus discípulos fueron por el mundo entero para anunciar la Buena Noticia, fundando por todas partes las comunidades cristianas. Con el tiempo, estas han llegado a ser Iglesias bien organizadas con numerosos fieles. En determinados periodos históricos, la divina Providencia ha suscitado un renovado dinamismo de la actividad evangelizadora de la Iglesia. Basta pensar en la evangelización de los pueblos anglosajones y eslavos, o en la transmisión del Evangelio en el continente americano, y más tarde los distintos periodos misioneros en los pueblos de África, Asía y Oceanía.  Este renovado dinamismo de evangelización produce un influjo beneficioso sobre las dos «ramas» especificas que se desarrollan a partir de ella, es decir, por una parte, la missio ad gentes, esto es el anuncio del Evangelio a aquellos que aun no conocen a Jesucristo y su mensaje de salvación; y, por otra parte, la nueva evangelización, orientada principalmente a las personas que, aun estando bautizadas, se han alejado de la Iglesia, y viven sin tener en cuenta la praxis cristiana. La Asamblea sinodal que hoy se abre esta dedicada a esta nueva evangelización, para favorecer en estas personas un nuevo encuentro con el Señor, el único que llena de significado profundo y de paz nuestra existencia; para favorecer el redescubrimiento de la fe, fuente de gracia que trae alegría y esperanza a la vida personal, familiar y social. Obviamente, esa orientación particular no debe disminuir el impulso misionero, en sentido propio, ni la actividad ordinaria de evangelización en nuestras comunidades cristianas. En efecto, los tres aspectos de la única realidad de evangelización se completan y fecundan mutuamente.

El tema del matrimonio, que nos propone el Evangelio y la primera lectura, merece en este sentido una atención especial. El mensaje de la Palabra de Dios se puede resumir en la expresión que se encuentra en el libro del Génesis y que el mismo Jesús retoma: «Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gn 1,24, Mc 10,7-8). ¿Qué nos dice hoy esta palabra? Pienso que nos invita a ser más conscientes de una realidad ya conocida pero tal vez no del todo valorizada: que el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre y la mujer, su ser «una sola carne» en la caridad, en el amor fecundo e indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que en nuestros días llega a ser mayor, porque, lamentablemente y por varias causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización, atraviesa una profunda crisis. Y no es casual. El matrimonio está unido a la fe, no en un sentido genérico. El matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel hasta la cruz. Hoy podemos percibir toda la verdad de esta afirmación, contrastándola con la dolorosa realidad de tantos matrimonios que desgraciadamente terminan mal. Hay una evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio. Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la nueva evangelización. Esto se realiza ya en muchas experiencias, vinculadas a comunidades y movimientos, pero se está realizando cada vez más también en el tejido de las diócesis y de las parroquias, como ha demostrado el reciente Encuentro Mundial de las Familias.

Una de las ideas clave del renovado impulso que el Concilio Vaticano II ha dado a la evangelización es la de la llamada universal a la santidad, que como tal concierne a todos los cristianos (cf. Const. Lumen gentium, 39-42). Los santos son los verdaderos protagonistas de la evangelización en todas sus expresiones. Ellos son, también de forma particular, los pioneros y los que impulsan la nueva evangelización: con su intercesión y el ejemplo de sus vidas, abierta a la fantasía del Espíritu Santo, muestran la belleza del Evangelio y de la comunión con Cristo a las personas indiferentes o incluso hostiles, e invitan a los creyentes tibios, por decirlo así, a que con alegría vivan de fe, esperanza y caridad, a que descubran el «gusto» por la Palabra de Dios y los sacramentos, en particular por el pan de vida, la eucaristía. Santos y santas florecen entre los generosos misioneros que anuncian la buena noticia a los no cristianos, tradicionalmente en los países de misión y actualmente en todos los lugares donde viven personas no cristianas. La santidad no conoce barreras culturales, sociales, políticas, religiosas. Su lenguaje – el del amor y la verdad – es comprensible a todos los hombres de buena voluntad y los acerca a Jesucristo, fuente inagotable de vida nueva.

A este respecto, nos paramos un momento para admirar a los dos santos que hoy han sido agregados al grupo escogido de los doctores de la Iglesia. San Juan de Ávila vivió en el siglo XVI. Profundo conocedor de las Sagradas Escrituras, estaba dotado de un ardiente espíritu misionero. Supo penetrar con singular profundidad en los misterios de la redención obrada por Cristo para la humanidad. Hombre de Dios, unía la oración constante con la acción apostólica. Se dedicó a la predicación y al incremento de la práctica de los sacramentos, concentrando sus esfuerzos en mejorar la formación de los candidatos al sacerdocio, de los religiosos y los laicos, con vistas a una fecunda reforma de la Iglesia.

Santa Hildegarda de Bilden, importante figura femenina del siglo XII, ofreció una preciosa contribución al crecimiento de la Iglesia de su tiempo, valorizando los dones recibidos de Dios y mostrándose una mujer de viva inteligencia, profunda sensibilidad y reconocida autoridad espiritual. El Señor la dotó de espíritu profético y de intensa capacidad para discernir los signos de los tiempos. Hildegarda alimentaba un gran amor por la creación, cultivó la medicina, la poesía y la música. Sobre todo conservó siempre un amor grande y fiel por Cristo y su Iglesia.

La mirada sobre el ideal de la vida cristiana, expresado en la llamada a la santidad, nos impulsa a mirar con humildad la fragilidad de tantos cristianos, más aun, su pecado, personal y comunitario, que representa un gran obstáculo para la evangelización, y a reconocer la fuerza de Dios que, en la fe, viene al encuentro de la debilidad humana. Por tanto, no se puede hablar de la nueva evangelización sin una disposición sincera de conversión. Dejarse reconciliar con Dios y con el prójimo (cf. 2 Cor 5,20) es la vía maestra de la nueva evangelización. Unicamente purificados, los cristianos podrán encontrar el legítimo orgullo de su dignidad de hijos de Dios, creados a su imagen y redimidos con la sangre preciosa de Jesucristo, y experimentar su alegría para compartirla con todos, con los de cerca y los de lejos.

Queridos hermanos y hermanas, encomendemos a Dios los trabajos de la Asamblea sinodal con el sentimiento vivo de la comunión de los santos, invocando la particular intercesión de los grandes evangelizadores, entre los cuales queremos contar con gran afecto al beato Papa Juan Pablo II, cuyo largo pontificado ha sido también ejemplo de nueva evangelización. Nos ponemos bajo la protección de la bienaventurada Virgen María, Estrella de la nueva evangelización. Con ella invocamos una especial efusión del Espíritu Santo, que ilumine desde lo alto la Asamblea sinodal y la haga fructífera para el camino de la Iglesia hoy, en nuestro tiempo. Amen.

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