viernes, 23 de junio de 2017

Hay que hacerse pequeños para escuchar la voz del Señor...


recordó el Santo Padre en su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta, en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús.  
El Señor nos ha elegido, se “ha implicado con nosotros en el camino de la vida” y “nos ha dado a su Hijo y la vida de su Hijo por nuestro amor”. Aludiendo a la Primera Lectura del día tomada del libro del Deuteronomio, en que Moisés dice que Dios nos ha elegido para ser su pueblo de entre todos los pueblos de la tierra, Francisco explicó el modo de alabar a Dios porque “en el corazón de Jesús nos da la gracia de celebrar con alegría los grandes misteriosde nuestra salvación, de su amor por nosotros”, es decir, celebrando “nuestra fe”.
De modo especial el Pontífice se detuvo en dos palabras contenidas en el pasaje bíblico, a saber: elegir y pequeñez. De la primera dijo que no hemos sido nosotros quienes lo elegimos a Él, sino que es Dios quien se ha hecho “nuestro prisionero”:
“Se ha ligado a nuestra vida, no puede separarse. ¡Ha jugado fuertemente! Y permanece fiel en esta actitud. Hemos sido elegidos por amor y ésta es nuestra identidad. ‘Yo he elegido esta religión, he elegido…’: No, tú no has elegido. Es Él quien te ha elegido a ti, te ha llamado y se ha unido. Y ésta es nuestra fe. Si nosotros no creemos esto, no entendemos lo que es el mensaje de Cristo, no comprendemos el Evangelio”.
En cuanto a la segunda palabra, el Obispo de Roma recordó que Moisés especifica que el Señor ha elegido al pueblo de Israel porque es “el más pequeño de todos los pueblos”:
“Se ha enamorado de nuestra pequeñez y por esto nos ha elegido. Él elige a los pequeños: no a los grandes, a los pequeños. Y Él se revela a los pequeños: ‘Has escondido estas cosas a los sabios y a los doctos y las has revelado a los pequeños’. Él se revela a los pequeños: si tú quieres comprender algo del misterio de Jesús, abájate: hazte pequeño. Reconoce que eres nada. Y no sólo elige y se revela a los pequeños, sino que llama a los pequeños: ‘Vengan a mí, todos ustedes que están cansados y oprimidos: yo les daré descanso’. Ustedes que son los más pequeños, por los sufrimientos, por el cansancio… Él elige a los pequeños, se revela a los pequeños y llama a los pequeños. Pero, ¿a los grandes no los llama? Su corazón está abierto, pero los grandes no logran oír su voz porque están llenos de sí mismos. Para escuchar la voz del Señor, es necesario hacerse pequeños”.
De este modo, se llega al misterio del corazón de Cristo, que no es, “como alguien dice” – recordó el Papa Francisco – una “imagencita” para los devotos: el corazón traspasado de Cristo es “el corazón de la revelación, el corazón de nuestra fe porque Él se ha hecho pequeño, ha elegido este camino”.
El Santo Padre subrayó que la elección de humillarse a sí mismo y de “anonadarse hasta la muerte” en la Cruz “es una elección hacia la pequeñez para que la gloria de Dios se manifieste”. Del cuerpo de Cristo traspasado por el soldado con una lanza “salió sangre y agua” – agregó el Papa – y “éste es el misterio de Cristo”, en esta celebración de un “corazón que ama, que elige, que es fiel” y que “se une a nosotros, se revela a los pequeños, llama a los pequeños, se hace pequeño”:
Creemos en Dios, sí; sí, también en Jesús, sí… – ‘¿Jesús es Dios?’ – ‘Sí’. Y el misterio es éste. Ésta es la manifestación, ésta es la gloria de Dios. Fidelidad al elegir, al unirse y pequeñez también para sí mismo: llegar a ser pequeño, anonadarse. El problema de la fe es el núcleo de nuestra vida: podemos ser tan, tan virtuosos, pero con nada o poca fe; debemos comenzar desde aquí, del misterio de Jesucristo que nos ha salvado con su fidelidad”.
Francisco concluyó pidiendo al Señor que nos conceda la gracia de celebrar en el corazón de Jesucristo “las grandes gestas, las grandes obras de la salvación, las grandes obras de la redención”.

La Espiritualidad Jesuita en la Devoción al Sagrado Corazón de Jesús - A...

miércoles, 21 de junio de 2017

El Papa: nos sostiene la presencia poderosa de la mano de Dios...


(RV).- “Que el Señor nos conceda la gracia de ser santos, de convertirnos en imágenes de Cristo para este mundo, tan necesitado de esperanza, de personas que rechazando el mal, aspiren a la caridad y a la fraternidad”.
Fue el deseo que expresó el Santo Padre al saludar a los peregrinos de nuestro idioma – que se dieron cita en la Plaza de San Pedro – para participar en la Audiencia General del tercer miércoles de junio.
Prosiguiendo con su ciclo de catequesis dedicado a la esperanza cristiana, en esta ocasión el Papa Francisco reflexionó acerca de los santos, en su calidad de testigos y compañeros de esperanza. Y lo hizo a partir de un pasaje de la Carta a los Hebreos que define a esta compañía que nos rodea como “una verdadera nube de testigos”.
Hablando en italiano el Pontífice comenzó recordando que en el día de nuestro Bautismo resonó para nosotros la invocación de los santos. De manera que a partir de aquella primera vez se nos regala esta compañía de hermanos y hermanas “mayores”, que transitaron por el mismo camino, que conocieron nuestras mismas fatigas y que viven ahora para siempre en el abrazo de Dios.
Después de afirmar que los cristianos, en su combate contra el mal, no se desesperan, el Sucesor de Pedro explicó que el cristianismo cultiva una confianza tal que no le permite creer que las fuerzas negativas y disgregadoras puedan prevalecer. De hecho – afirmó textualmente –  “la última palabra sobre la historia del hombre no es el odio, no es la muerte, y no es guerra”. No. Porque en cada momento de la vida nos asiste la mano de Dios, y también la discreta presencia de todos los creyentes que nos precedieron con el signo de la fe.
Francisco también expresó que nos consuela saber que no estamos solos, que la Iglesia está hecha de innumerables hermanos, con frecuencia anónimos, que nos han precedido y que por la acción del Espíritu Santo están implicados en las vicisitudes de quien aún vive en la tierra.
Por otra parte, el Santo Padre recordó que también cuando una pareja consagra su amor en el Sacramento del Matrimonio, se invoca sobre los novios la intercesión de los santos. Y, de la misma manera, los sacerdotes custodian el recuerdo de una invocación de los santos pronunciada sobre ellos en el momento de la liturgia de ordenación, en el que los candidatos se extienden en el suelo.
Al concluir esta reflexión el Papa Bergoglio dijo que “somos polvo que aspira al cielo”. E invocó del Señor la gracia de creer en él y llegar a ser imagen de Cristo para este mundo, aceptando incluso el sufrimiento.

domingo, 18 de junio de 2017

18.06.2017 Adoremos y agradezcamos por este don supremo de la Eucaristía, expresó el Papa en la solemnidad de Corpus Christi en la Catedral de Roma


(Radio Vaticana).- A la conclusión de la homilía de la misa celebrada en el atrio de la Basílica Mayor san Juan de Letrán, Francisco pidió que “viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad”.
Antes, el Obispo de Roma insistió en el tema de la memoria, que aparece una y otra vez en la solemnidad: “Recuerda… El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros”.
En el segundo “recuerda” el Papa se centró en la explicación de la  importancia de la memoria, “porque nos permite permanecer en el amor, re-cordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar”. Y manifestó que sin embargo “esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos…”. “En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía”.
El Sucesor en la Cátedra de Pedro aseveró que “la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros”, para afirmar finalmente que “la Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia.” jesuita Guillermo Ortiz -Radio Vaticana
Texto y Audio completo de la homilía pronunciada por el Papa en la solemnidad de Corpus Christi
 
En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná» (Dt 8,2.14.16) —dijo Moisés al pueblo—. «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24) —dirá Jesús a nosotros—. Acuerdate de Jesucristo, dira Pablo a sus discípulos: El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros.
Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros.
Acuerdate de Jesucristo. Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, re-cordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos. Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y a dónde vamos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte.
En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios. Ahí «se celebra el memorial de su pasión» (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona al Magníficat de las II Vísperas), del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios. Memoria anamnética y mimética. En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él. Y mientras digo esto, pienso de modo particular en vosotros, niños y niñas, que hace poco habéis recibido la Primera Comunión y que estáis aquí presentes en gran número. 
Así la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros. La Eucaristía nos anima: incluso en el camino más accidentado no estamos solos, el Señor no se olvida de nosotros y cada vez que vamos a él nos conforta con amor.
La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo. El santo Pueblo fiel de Dios. Nos lo ha recordado san Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su «ADN espiritual», la construcción de la unidad. Que este Pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias y chismorreos calumniadores.
Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad. (Radio Vaticana)